Relaciones perniciosas en las cárceles


Todo progreso relevante en materia penitenciaria pasa por erradicar la forma en que se vinculan reos y gendarmes.

14/12/2010 

LAS DECLARACIONES hechas a este diario por el jefe operativo de la cárcel de San Miguel -donde ocurrió el incendio en que la semana pasada murieron 81 reos- exponen crudamente una falla estructural en el sistema carcelario: los problemas de corrupción entre el personal de Gendarmería que custodia los penales del país y que, de no enfrentarse resuelta y eficazmente, malograrán los avances que eventualmente puedan hacerse en otros ámbitos de la política penitenciaria que requieren urgente atención, como la construcción de más y mejor infraestructura. El funcionario revela que se han detectado casos de gendarmes que han ingresado droga, alcohol y celulares al penal, y aunque asegura no saber “a cuánto venden el papelillo” a los reos, “sí sé que el precio de los celulares fluctúa entre $ 50 mil, $ 60 mil”. De hecho, la realidad que una vez más ha quedado en evidencia tras la desgracia del pasado miércoles es que en muchas cárceles se ha desarrollado un inaceptable sistema de connivencia y beneficio mutuo entre los reos y una proporción relevante de sus guardianes.
Así, el ingreso de elementos voluminosos y pesados como balones de gas -en San Miguel había varios sólo en el área acotada donde se desató el fuego- no es verosímil sin, al menos, la aquiescencia de los gendarmes. Lo mismo pasa con la gran cantidad de teléfonos celulares (a menudo usados para cometer delitos desde la cárcel, como se sabe) y con el abultado arsenal de armas blancas de que disponen los reos ante los ojos de sus custodios (rápidamente repuesto después de las periódicas requisas). La posibilidad adicional de tráfico de drogas -cuyo consumo al interior de las cárceles está documentado- con complicidad o participación directa de funcionarios de Gendarmería apunta a niveles y formas de corrupción preocupantes.
Lo anterior es complementado por lo que aparece como una regla tácita de la convivencia entre prisioneros y gendarmes, a saber, que estos permanecen en el perímetro del área de reclusión, dejando a los primeros el control del espacio donde viven. De esta forma, dentro del penal prevalecen las reglas que fijan los propios internos, lo que significa el imperio de la ley del más fuerte, la conformación de bandas, la separación de “territorios”, un sistema de castas entre los prisioneros (algunos son obligados a dormir de pie, otros cumplen funciones de sirvientes, otros pagan “peaje” para no ser abusados, etc.), el tráfico de droga y comida, en fin, todo un cúmulo de indignidades que se suman a la sentencia que la justicia ha dictado en su contra. Desde luego, las riñas son comunes, como también es común que los gendarmes eviten intervenir en ellas.
Cualquier pretensión de hacer progresos en materia penitenciaria pasa por erradicar esta forma de vinculación entre reos y gendarmes. La situación no es desconocida para las autoridades. Por el contrario, a ratos estos problemas parecieran servir de argumento para justificar la falta de avances concretos: los gendarmes son presas fáciles de la corrupción, porque sus sueldos son bajos; al mismo tiempo, no puede esperarse que pongan en riesgo sus vidas intentando imponer orden a los internos si son pocos o no cuentan con el equipamiento adecuado. La conciencia acerca de estos problemas que ha generado la tragedia del miércoles pasado ofrece la posibilidad para atacarlos en la raíz. El gobierno, que ha mostrado desde hace meses sensibilidad respecto del tema carcelario, tiene el deber ahora de enfrentar con decisión este asunto.

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