Hay 18.000 menores en grupos armados y bandas


Por: 11 de Agosto del 2012

Estarían enrolando 17 veces más que hace cuatro años en barrios periféricos, según estudio.

“Éramos pobres… ¡Muy pobres! (…) De no tener ni pa’ comer. Mi mamá sufría mucho (…) Y uno, pues… se desespera”. Y de pronto entró en un silencio pesado, como si apenas se diera cuenta de su tristeza. “Es que uno pobre no es nadie para nadie”.

Juan* entró a las Farc a los 10 años, después de perder a dos de sus nueve hermanos por una enfermedad desconocida, a una hermana que andaba desaparecida, y a su hermano mayor, al que mataron. Salía de su casa todas las mañanas muy temprano, caminaba más de una hora hasta la escuela, con tres hermanos, y regresaba al mediodía, a trabajar en el campo.

Un día se quedó dormido en clase. Tenía hambre, estaba exhausto. Se despertó de un golpe en la cabeza. Su maestra, furiosa, le gritaba que era muy tonto para aprender, que no merecía quitarle el puesto a otro niño. “Siempre me trataba de bruto (…) Entonces, no volví”, resiente. Y entra en otro silencio, del que emerge con el rostro trastornado, casi gritando: “El día que vea a esa vieja hp, me la paga”.

Juan recuerda claramente el día en que se fue para el monte: habían citado a los de su vereda a una reunión de la junta comunal. Ese día, como pocos, había estado jugando fútbol, a pesar de que a los niños les tenían prohibido salir, con las cosas tan revueltas como estaban.

“Llegaron ahí y nos dijeron que qué, que a ver de qué lado estábamos (…) Y ahí nos fuimos varios”, recuerda. Él no tenía nada que pensar, pues eso no es una consulta, sino una orden, el destino de quienes viven en medio de la violencia. “Yo no quería irme, ¡qué tal!, pero ¿quién les dice que no a esos manes?”

Juan es una de las miles de caras del reclutamiento de menores de edad, un fenómeno que ha crecido en progresión geométrica en los últimos 4 años, hasta convertirse, junto con el desplazamiento forzado, en uno de los indicadores más preocupantes de la evolución del conflicto, con el carácter epidémico de una emergencia humanitaria.

De eso da fe el informe ‘Como corderos entre lobos’, que será presentado el miércoles en la sede nacional del Instituto de Bienestar Familiar (Icbf). Se trata de una investigación de cuatro años, llevada a cabo por un equipo de más de 80 personas, que -por primera vez- sistematizó las circunstancias que rodean el reclutamiento de menores de edad en Colombia.

Según el documento, de 120 páginas, todos los niños y niñas reclutados provienen de la fracción más pobre (12,6 por ciento) de la población colombiana. Por lo general, su origen es rural y sus padres son campesinos (69 por ciento), aunque el reclutamiento en zonas urbanas crece aceleradamente. Hoy se recluta en las ciudades 17 veces más que hace cuatro años. Y cada uno de ellos migró o fue desplazado por la fuerza, en promedio, cada tres años, antes de ingresar al grupo armado.

Los menores de edad son reclutados alrededor de los 12 años. La mayoría son varones (57 por ciento), pero el reclutamiento de niñas (43) crece precipitadamente. Uno de los resultados más preocupantes señala la extrema vulnerabilidad de los pueblos indígenas: un niño indígena tiene 674 veces más posibilidades de verse directamente afectado por el conflicto armado o de ser reclutado y usado por un grupo armado ilegal o una banda criminal que cualquier otro niño.

Y al revisar la historia de los desmovilizados adultos, se confirma que el 52,3 por ciento de los combatientes del Eln, el 50,1 de las Farc y el 38,1 de las autodefensas se vincularon a estos grupos armados siendo niños.

No menos de 18.000 niños y adolescentes están vinculados hoy a grupos armados ilegales y organizaciones criminales. El 71 por ciento de estos menores de edad cumplieron con alguna función de milicia o realizaron tareas para el grupo armado antes de vincularse como combatientes.

Y, en un sentido más amplio, unos 100 mil niños y adolescentes están vinculados a sectores de la economía ilegal directamente controlada por grupos armados ilegales y organizaciones criminales.

Lecciones de miedo

Juan, como otros excombatientes, está lleno de cicatrices, en la piel y en el alma. Al principio, lloraba en la noche y solo pensaba en escapar. “Me pusieron a cargar muertos, para que se me pasara el miedo”, cuenta. Algo similar cuenta José*: “¿Cuál era el entrenamiento? Nos dividían en un grupo de ‘paracos’ y uno de ‘guerrillo’ y nos tocaba emboscarnos. Y si uno de ‘guerrillo’ cogía un ‘paraco’, tocaba hacerle lo que un ‘guerrillo’ le hace a un pamilitar”.

“Vea, la cosa era así -comenta Esteban*-. La primera arma que te dan es la parte de un muerto, un pedazo, para que te acostumbres al olor de la muerte. A mí lo primero que me dieron fue una cabeza, y me dijeron: ‘Tienes que guardarla en el equipo y cada que haiga (sic) formación me la tienes que pasar’. A todos les tocaba una parte, una pierna, un brazo, una cabeza, y la llevábamos hasta que se descompusiera”.

“A uno le enseñan de todo. -anota José-. Al poco tiempo ya sabía de todo y había hecho de todo. ¿Si me entiendes? Al principio era duro, la gente y la familia gritan y eso es feo, ¿si?, porque uno piensa que podría ser uno o la familia. Ya después a uno no le da nada”.

“Lo peor fue una vez que me pusieron a sacar una gente -dice Juan sobre la fase incial de su entrenamiento-. Tocaba desaparecer eso (…) Eran muchos y corte y al hueco, corte, al hueco. Casi no se me quita ese olor de muerto. Todo olía a muerto”.

En efecto, el 76 por ciento de los niños reclutados ha experimentado o presenciado ‘castigos ejemplares’, que erradicaron, por la vía del terror, cualquier voluntad de escapar, disentir o resistirse al proceso al que estaban siendo sometidos. El 98 por ciento reporta haber sido maltratado permanentemente, forzado a presenciar atrocidades o a ejecutarlas con particular sevicia, como parte del proceso de entrenamiento.

No hay que olvidar que el reclutamiento de niños es un crimen colectivo, dentro del marco de una política explícita de las organizaciones ilegales, orientada a consolidar el pie de fuerza y la mano de obra que les permitan mantener el control sobre territorios y recursos estratégicos.

Se trata de una práctica que compromete múltiples y graves violaciones de los derechos humanos, ejecutada de manera sistemática y consumada con la intención de someter a una población vulnerable, de convertir a las víctimas en victimarios.

‘Me lo sacaron a patadas’

“Al ‘Cucho’ todos le temían. Desde que llegué, me ponía en cuatro todos los días. De una vez de novia, pero me iba bien”. Así relata Jenny* su iniciación sexual en el grupo armado, cuando tenía 13 años. Para otras niñas, la situación era insostenible.
“Me amarraba, me golpeaba (…). De día, bien; no tenía que ‘ranchar’ (cocinar) ni eso. De noche, temblaba”, cuenta Yesenia*, quien se vinculó a los 12 años. El 42% de las entrevistadas consideraba una obligación atender sexualmente a los superiores. Entre las prácticas que identificaron como “deberes”, las niñas describieron el tocamiento, la actividad sexual indeseada, el manoseo, la servidumbre y el tráfico sexual (eran compartidas con otros hombres dentro y fuera de la organización, por favores, acuerdos con socios, acceso a bienes o para obtener información).

El embarazo está prohibido y algunas niñas mueren tratando de escapar para evitar un aborto. “Me lo sacaron a patadas”, resume Lucía al recordar el día en que perdió a su bebé.

Invierno los hizo más vulnerables

Las inundaciones del periodo 2010-2011 elevaron la vulnerabilidad de los niños a todos los efectos del conflicto. Las proyecciones indican que la exposición se elevó entre 40 y 1.026 veces, dependiendo de la zona afectada. En tal medida, es el factor estructural definitivo en toda la historia del reclutamiento de niños en el país.

La característica más ruinosa de las inundaciones es su dispersión. La ola invernal impactó al 82 por ciento de los municipios vulnerables y al 93 por ciento de los municipios en riesgo de reclutamiento, y afectó directamente a más del 10 por ciento de la población nacional, lo que equivale a casi toda la población desplazada por la violencia en 20 años. Los desastres ocasionados por la larga temporada de lluvias afectaron de manera más grave a un sector social en estado crítico, no solo por su incapacidad de reponerse rápidamente de las pérdidas sufridas, sino porque es la fracción poblacional más sensible a los cambios en las economías regionales, sin capacidad para adaptarse.

La caída del empleo agrícola, con la pérdida de cosechas y animales en casi todo el territorio nacional, coincide con un aumento de la tasa de desplazamiento y representa un punto de inflexión en el comportamiento del reclutamiento de niños: los datos de todo el territorio señalan que se habría incrementado hasta en 167 por ciento en la región Caribe y en 213 por ciento en la Pacífica. Igualmente, se registra un sensible aumento del reclutamiento urbano, especialmente en las márgenes de las ciudades, donde se asientan los afectados. Los casos más preocupantes son Medellín (229 por ciento), Bogotá (304), Florencia y Valledupar (141); Montería (182), San José del Guaviare, Riohacha y Santa Marta (210); Cúcuta, Bucaramanga, Sincelejo, Cali, Quibdó, Neiva, Popayán, Mocoa, Villavicencio y Tumaco (186).

NATALIA SPRINGER Para EL TIEMPO

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