El Hombre en la Tierra


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El tiempo está loco

Diluvios casi bíblicos, olas de calor interminables, enjambres de tornados… El tiempo ha cambiado últimamente. ¿Qué está pasando?

Por Peter Miller, septiembre 2012

National Geographic

La predicción para el fin de semana en Nashville, Tennessee, era de 50 a 100 milímetros de lluvia.

Pero la tarde del sábado 1 de mayo, algunas partes de la ciudad habían recibido ya más de 150 milímetros y seguía lloviendo a mares.

En el centro de coordinación de emergencias, el alcalde Karl Dean estaba recibiendo los primeros informes sobre las inundaciones cuando en una pantalla de televisión apareció algo que captó su atención. Era una imagen en directo de coches y camiones en la Interestatal 24, inundada por un afluente del río Cumberland, al sudoeste de la ciudad. Junto a ellos, por el carril lento, pasaba flotando un aula prefabricada de 12 metros de largo de una de las escuelas locales. «Hay un edificio chocando contra los vehículos», decía en ese momento el presentador.

Dean llevaba unas cuantas horas en el centro de operaciones, pero cuando vio el aula flotando por la carretera, reaccionó. «Comprendí claramente la extrema gravedad de la situación», recuerda. Al poco tiempo, el teléfono de emergencias empezó a recibir llamadas procedentes de todos los puntos de la ciudad. La policía, los bomberos y los equipos de rescate salían a bordo de embarcaciones. Un grupo tuvo que ir en lancha a la I-24 para rescatar al conductor de un camión con tráiler en un tramo de la carretera donde el agua le llegaba hasta el pecho, al tiempo que otros equipos salvaban a las familias atrapadas en los tejados y a los trabajadores de las naves industriales inundadas. Aun así, ese fin de semana murieron 11 personas en la ciudad.

Fue un tipo de tormenta nunca visto en Nash­ville. «Llovió con más violencia que nunca –dice Brad Paisley, cantante de country y dueño de una granja en las afueras de la ciudad–. Fue como cuando estás en un centro comercial, empieza a llover a cántaros y piensas: “Esperaré cinco mi­­nutos y cuando amaine correré hasta el coche”. Pero no amainó hasta el día siguiente.»

En los estudios del NewsChannel 5, el canal local de la cadena CBS, el meteorólogo Charlie Neese sabía de dónde venía el diluvio. La corriente en chorro se había quedado estancada sobre la ciudad, y una sucesión de tormentas levantaba aire caliente y húmedo del golfo de México, se desplazaba unos mil kilómetros hacia el nordeste y descargaba el agua sobre Nashville. Mientras Neese y sus colegas emitían el programa desde un plató en el primer piso, la redacción situada en la planta baja se inundaba con el reflujo de los desagües. «El agua manaba a borbotones de los retretes», recuerda Neese.

El nivel del río Cumberland, que atraviesa el corazón de Nashville, empezó a aumentar el sábado por la mañana. En la empresa de alquiler de embarcaciones Ingram Barge Company, David Edgin, que había sido capitán de remolcadores, tenía más de siete barcos y 70 barcazas navegando por el río. Al ver que la lluvia no paraba, llamó al Cuerpo de Ingenieros del Ejército de Estados Unidos y preguntó por el pronóstico de la crecida. «Esto no entra en nuestros modelos –le respondió el oficial de guardia–. Nunca habíamos visto nada parecido.» Sabiamente, Edgin ordenó amarrar las embarcaciones en lugares seguros de la ribera.

La noche del sábado el Cumberland había crecido por lo menos cuatro metros, hasta alcanzar una altura de 10 metros, y el Cuerpo de Ingenieros pronosticaba que llegaría a los 13. Pero el domingo no dejó de llover, y el lunes el río alcanzó un máximo de 16 metros, casi cuatro por encima del nivel de inundación. La riada afectó las calles del centro y causó pérdidas por valor de 2.000 millones de dólares.

Cuando salió el sol el lunes por la mañana, en algunas partes de Nashville habían caído más de 340 milímetros de lluvia, el doble que el anterior récord de 167,5 milímetros registrado en 1979 durante el huracán Frederic. Pete Fisher, gerente del Grand Ole Opry, el gran auditorio de música country, necesitó una canoa para llegar al famoso teatro, que está situado a orillas del río en el nordeste de la ciudad. Él y el ingeniero de audio Tommy Hensley tuvieron que remar para entrar por una puerta lateral. «Entramos en el teatro flotando –cuenta Fisher–. Estaba oscuro como boca de lobo y tuvimos que iluminar el escenario con una linterna. Cualquiera que hubiese estado sentado en la primera fila habría tenido dos metros de agua por encima de la cabeza.»

En los almacenes que hay a lo largo del río la inundación había sumergido material por valor de varios millones de dólares, entre el cual se encontraban los componentes de una pantalla de 11 por 19 metros que se iba a montar para el concierto de la gira de Brad Paisley, que estaba previsto se celebrase en menos de tres semanas. «Cada uno de los amplificadores, cada una de las guitarras a las que estaba acostumbrado quedaron destruidas –dice Paisley–. Sentí una impotencia como nunca antes había sentido.»

La experiencia cambió al cantante. «Aquí en Nashville normalmente el tiempo es benigno. Pero desde aquella inundación, no he vuelto a confiar en la normalidad.»

El tiempo ha cambiado. Fenómenos extremos como la inundación de Nashville (descrita por las autoridades como algo que ocurre una vez cada mil años) se han vuelto más frecuentes. Un mes antes de esta riada, unas lluvias torrenciales descargaron 280 milímetros de precipitaciones sobre Río de Janeiro en 24 horas y causaron co­­rrimientos de tierra que sepultaron a centenares de personas. Tres meses después la lluvia volvió a batir récords en Pakistán, con inundaciones que afectaron a más de 20 millones de personas. A finales de 2011 las inundaciones de Thailandia anegaron cientos de fábricas en los alrededores de Bangkok, lo que provocó una escasez mundial de discos duros de ordenador.

Y no solo los aguaceros ocupan los titulares. Durante el último decenio también hemos visto sequías severas en lugares como Texas, Australia, Rusia y el este de África, donde decenas de miles de personas han llenado los campos de refugiados. Europa ha sufrido mortíferas olas de calor y Estados Unidos ha registrado una cantidad sin precedentes de tornados. Las pérdidas ocasionadas por estos fenómenos situaron el coste mundial de los desastres meteorológicos de 2011 en un importe estimado de 121.000 millones de euros, alrededor de un 25% más que en 2010.

¿Qué está pasando? ¿Son esos fenómenos extremos señales de un peligroso cambio del clima mundial causado por la actividad humana, o solo estamos atravesando un ciclo natural de mala suerte?

Probablemente, las dos cosas. Los principales motores de los desastres recientes han sido los ciclos climáticos naturales, en particular El Niño y La Niña. En las últimas décadas hemos aprendido mucho acerca del modo en que las extrañas oscilaciones del Pacífico ecuatorial afectan al clima en todo el mundo. Durante los episodios de El Niño, una gigantesca masa de agua cálida que normalmente permanece en el Pacífico central se desplaza hacia el este y llega a las costas de América del Sur; durante el fenómeno de La Niña, esa masa se encoge y se retira hacia el Pacífico occidental. El calor y el vapor que emanan del agua cálida generan potentes frentes tormentosos de gran desarrollo vertical, cuya influencia se extiende más allá de los trópicos, hasta las corrientes en chorro que viajan sobre las latitudes medias. Las oscilaciones de esa masa de agua cálida a lo largo del ecuador (de este a oeste y de nuevo al este) hacen que las sinuosas trayectorias de las corrientes en chorro se desplacen al norte y al sur, lo que modifica el recorrido de las tormentas a través de los continentes. Los episodios de El Niño suelen llevar lluvias torrenciales a la zona meridional de Estados Unidos y a Perú, y sequías e incendios a Australia. Con La Niña, las lluvias anegan Australia pero escasean en el Su­­doeste de Estados Unidos, en Texas y en lugares aún más alejados, como el este de África.

Esas consecuencias no son automáticas ni invariables; la atmósfera y el océano son fluidos caóticos, y otras oscilaciones influyen en la me­­teorología en cada lugar y momento concretos. Sin embargo, el Pacífico tropical ejerce una in­­fluencia particularmente poderosa, porque desprende una cantidad enorme de calor y vapor de agua a la atmósfera. Los episodios extremos de El Niño o La Niña preparan el terreno para fenómenos extremos en otras partes del mundo.

Pero los ciclos naturales no son suficientes para explicar la reciente racha de desastres sin precedentes. Algo más está pasando. La Tierra se está calentando y hay mucha más humedad en la atmósfera. Decenios de observaciones desde estaciones meteorológicas, satélites, barcos, boyas, sondas oceánicas y globos sonda indican que la persistente acumulación de gases de efecto invernadero en la atmósfera retiene el calor y calienta la tierra, los océanos y el aire. Aunque algunas regiones, en particular el Ártico, se están calentando más deprisa que otras, el promedio de la temperatura superficial del planeta ha aumentado medio grado en los últimos 40 años. En 2010 llegó a 14,51 °C, superando el récord registrado en 2005.

Al calentarse, los mares desprenden más vapor de agua. «Y ya sabemos que el agua de un cazo se evapora antes si encendemos el fuego», dice Jay Gulledge, investigador del Centro para el Clima y las Soluciones Energéticas (C2ES), una organización sin ánimo de lucro de Arlington, Virginia. Las mediciones efectuadas desde los satélites indican que el vapor de agua en la columna de aire ha aumentado un 4% en los últimos 25 años. Y cuanto más vapor de agua, mayor probabilidad de lluvias torrenciales.

Para finales de este siglo la temperatura media mundial podría aumentar entre 1,5 y 4,5 °C, una cifra que dependerá en parte de la cantidad de carbono que emitamos a la atmósfera hasta entonces. Los científicos prevén un cambio notable del tiempo atmosférico. Los patrones básicos de circulación se desplazarán hacia los polos, tal como están haciendo algunas plantas y animales para huir del calor (o para aprovecharlo). El cin­turón de lluvias tropicales (la zona de convergencia intertropical) ya se está ensanchando. Las zonas áridas subtropicales se están desplazando en dirección a los polos, hacia regiones como el Sudoeste de Estados Unidos, el sur de Australia o la Europa meridional, cada vez más expuestas a sequías intensas y prolongadas. Más allá de las zonas subtropicales, en las latitudes medias, las rutas de las tormentas también se están desplazando hacia los polos, una tendencia a largo plazo que se superpone a las fluctuaciones anuales producidas por El Niño o La Niña.

Uno de los grandes enigmas del tiempo que tendremos en el futuro es el océano Ártico, que desde la década de 1980 ha perdido el 40% de su hielo marino estival. Las temperaturas otoñales sobre lo que ahora es mar abierto han su­­bido entre 2 y 5 °C, porque el agua absorbe la luz solar que antes el hielo (de color más claro que el agua) reflejaba al espacio. Datos recientes indican que el calentamiento está alterando la co­­rriente en chorro polar, añadiendo a su recorrido en torno al planeta lentos meandros en dirección norte-sur, que tal vez sean la causa de que el invierno pasado fuese tan caluroso en América del Norte y tan frío en Europa. La corriente en chorro, que se desvió más al norte de lo normal, sobre Canadá, llevaba aire caliente; en cambio, la que se desvió hacia el sur, a Europa, dejó allí nieve y vientos gélidos. El invierno anterior fue el este de América del Norte el que recibió las mayores nevadas. Como los meandros se mueven de año en año, los extremos meteorológicos también pueden desplazarse de región.

Más difícil aún es predecir el efecto del calentamiento global sobre una tormenta concreta. En teoría, una mayor concentración de vapor de agua en la atmósfera debería aportar calor a las grandes tormentas, favoreciendo el desarrollo vertical que les permite crecer en tamaño y potencia. Según algunos modelos, el calentamiento global podría aumentar entre un 2 y un 11% la fuerza media de los huracanes y tifones para fines de siglo. Pero aún no hay un acuerdo entre los científicos sobre si se ha producido ya algún incremento, y los mismos modelos que pronostican huracanes más violentos también predicen que podrían ser menos frecuentes en el futuro.

El panorama de los tornados es más confuso. Una atmósfera más cálida y húmeda debería producir tormentas más severas, pero también podría reducir la cizalladura del viento necesaria para la generación de tornados. En Estados Unidos se están registrando más fenómenos de este tipo, pero también hay más gente que va en su busca con mejores instrumentos, y no se ha po­­dido documentar un aumento de tornados fuertes en los últimos 50 años. La primavera de 2011 fue una de las peores temporadas de tornados de la historia de Estados Unidos, pero los científicos aún no disponen de los datos ni de los conocimientos teóricos necesarios para afirmar que la causa sea el calentamiento planetario.

Sin embargo, en el caso de otros fenómenos extremos, la relación es bastante evidente. A mayor temperatura de la atmósfera, mayor es la probabilidad de que se produzcan olas de calor sin precedentes. En 2010 hubo 19 países que superaron sus récords nacionales de calor.

Con el aumento de la humedad atmosférica, se han intensificado las precipitaciones. La cantidad de agua descargada por los chaparrones más intensos (el 1% de los episodios lluviosos) ha aumentado casi en un 20% durante el último siglo en Estados Unidos. «Ahora una tormenta descarga más lluvia que hace 30 o 40 años», dice Gerald Meehl, científico del Centro Nacional de Investigación Atmosférica de Estados Unidos, con sede en Boulder, Colorado. A su juicio, el calentamiento global ha alterado la probabilidad de que se produzcan fenómenos extremos.

«Supongamos que un jugador de béisbol se dopa con anabolizantes –pone como ejemplo–. Si ese jugador consigue el triunfo para su equipo, no sabremos si ha sido gracias al dopaje o si lo habría logrado de todos modos. Pero los anabolizantes lo han hecho más probable.» Con el tiempo pasa lo mismo, dice Meehl. Los gases de efecto invernadero son los anabolizantes del sistema climático. «Añadiendo tan solo una pizca de dióxido de carbono al clima, todo se vuelve un poco más caluroso y las probabilidades de que se produzcan fenómenos extremos aumentan –afirma–. Los sucesos que antes eran raros se vuelven más corrientes.»

Nadie ha sufrido tanto el «dopaje» climático en los últimos tiempos como los habitantes de Texas. Los 1.049 residentes de Robert Lee, una ciudad de agricultores, empleados de la industria petrolera, pensionistas y pequeños comerciantes del oeste de Texas, pasaron gran parte de 2011 presenciando el agotamiento de sus reservas de agua. El embalse E. V. Spence, como muchos otros de la región, se quedó a menos del 1 % de su capacidad.

«Si no conseguimos pronto un aporte adicional, dejará de manar agua de los grifos –dijo el alcalde John Jacobs el invierno pasado–. No saldrá ni una gota. La situación es grave.» En enero se inició el tendido de una tubería de 19 kilómetros hasta Bronte, una localidad que dispone de pozos y de un embalse. Las obras terminaron en marzo, y a principios de mayo la tubería seguía en pruebas. «Creo que la tendremos lista a tiempo –dijo Jacobs–. Pero será en el último minuto. Si padeces del corazón, no vengas a vivir al oeste de Texas.»

Entre octubre de 2010 y septiembre de 2011 llovió menos en Texas que en cualquier otro período de 12 meses desde el comienzo de los registros en 1895. Todo el estado sufrió la sequía, pero el oeste ya estaba en una situación límite. Los agricultores, ganaderos y municipios de toda la región sufrieron las consecuencias. En muchos sitios el nivel freático descendió por debajo de las tuberías de bombeo, por lo que se quemaron los motores. «Muchos pozos se están secando –dijo Clark Abel, perforador de pozos residente en San Angelo–. Nuestro teléfono no deja de sonar. Es abrumador.»

La sequía también marchitó los prados, lo que obligó a algunos ganaderos a enviar sus reses al norte por carretera en busca de mejores pastos. En una especie de trashumancia moderna, vaqueros del rancho Four Sixes, cerca de Guthrie, y de su filial en Dixon Creek, en el Texas Panhandle (el extremo noroccidental del estado), transportaron en camiones con remolque de dos pisos más de 4.000 cabezas de ganado de la raza híbrida Angus hasta unas tierras arrendadas en un territorio que abarcaba desde Nebraska hasta el norte de Montana. «Nadie había visto nada parecido», dijo el gerente del rancho, Joe Leathers.

«Es la sequía de un año de duración más grave que hemos tenido», dijo el climatólogo John Nielsen-Gammon, empleado por el Gobierno estatal. (En los años cincuenta hubo una sequía igual de severa, que sin embargo tardó seis años en alcanzar la misma gravedad.) Para colmo, los texanos soportaron el año pasado el verano más caluroso que se recuerda. En Dallas hubo 71 días en que los termómetros superaron los 37,7 °C.

La causa principal de esa situación no era ningún misterio, declaró Nielsen-Gammon. La Niña empujó hacia el norte las rutas de las tormentas, lo que redujo las precipitaciones en el Sur de Estados Unidos, desde Arizona hasta las dos Carolinas.

Pero el calentamiento planetario agravó la situación e intensificó la ola de calor. «En condi­ciones normales, buena parte de la energía del Sol evapora el agua del suelo o de las plantas –explicó el climatólogo–. Pero cuando no hay agua que evaporar, toda la energía calienta el suelo y, en consecuencia, el aire. Con tan poca lluvia como habíamos tenido, probablemente habríamos batido récords de calor en Texas en 2011 aun sin cambio climático. Pero el cambio climático añadió alrededor de un grado de temperatura.»

Ese grado adicional fue como un bidón extra de gasolina en los bosques del estado. Al aumentar la evaporación, los resecó aún más. En 2011 Texas padeció la peor temporada de incendios de su historia: el fuego carbonizó 16.000 kilómetros cuadrados.

Uno de los incendios que causó más pérdidas comenzó el pasado mes de septiembre cerca del Parque Estatal Bastrop, al sudeste de Austin, donde los pinos estaban secos como la yesca. Alimentadas por un fuerte viento, las llamas se dirigieron hacia el sur y atravesaron los barrios residenciales de la ciudad, formando lo que los bomberos llaman largas «calles de fuego». El fuego devoró 1.685 viviendas pero dejó intactas otras cercanas, ante los ojos incrédulos de los damnificados.

Cuando Paige y Ray Shelton volvieron para inspeccionar su finca, adyacente al parque estatal, encontraron la casa en pie, pero el aserradero que Ray dirigía estaba reducido a cenizas y el taller de alfarería de Paige había sido arrasado. Mientras ella buscaba entre los restos, Ray fue al gallinero para ahorrarle a su mujer el mal trago de retirar los animales calcinados. Los árboles alrededor del gallinero estaban carbonizados.

«¿Y sabe qué pasó? –me dijo Ray–. Cuando doblé la esquina, el gallo asomó la cabeza y cacareó. No me lo podía creer. Casi me caigo de espaldas.» El fuego había llegado a dos centímetros del gallinero, pero por alguna razón las paredes, de madera de sabina de Virginia, no se habían quemado y las aves habían evitado el calor intenso y el humo. Fue un pequeño milagro en medio de una gran pérdida.

El tiempo meteorológico es responsable solo en parte del aumento de pérdidas y de la frecuencia creciente de desastres naturales. También son peores las consecuencias porque hay más personas expuestas. En estados como Texas, Arizona y California, la construcción de urbanizaciones en antiguos bosques ha determinado que haya más viviendas amenazadas por los incendios forestales, del mismo modo que el desarrollo inmobiliario en las costas de Florida, Carolina del Norte y Maryland expone las costosas casas de la playa y los hoteles a la furia de los huracanes y otras tormentas. Al mismo tiempo, el rápido crecimiento de megaciudades en los países en desarrollo de Asia y África ha hecho que las olas de calor y las inundaciones afecten a más millones de personas.

«Las cosas no van bien –dice el climatólogo de la Universidad de Princeton Michael Oppenheimer, que ha participado en la redacción de un informe sobre fenómenos meteorológicos extremos para el Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático–. Francamente, lo estamos haciendo muy mal en lo tocante a los desastres naturales.»

La importancia económica de esta situación no ha pasado inadvertida a las compañías de seguros. Las pérdidas por desastres naturales que estaban aseguradas totalizaron el año pasado en Estados Unidos 36.000 millones de dólares. «No sabemos si esto será lo normal a partir de ahora, pero el sector está registrando una tasa extraordinaria de siniestros», informa Frank Nutter, de la Asociación de Reaseguros de América.

En Florida, donde huracanes, incendios forestales y sequía plantean riesgos enormes a las aseguradoras, varias compañías nacionales han dejado de ofrecer pólizas o las han restringido de alguna manera. Temen otra catástrofe como el huracán Andrew de 1992, que costó unos 25.000 millones de dólares al sector. Para llenar el hueco han surgido pequeñas compañías, y en 2002 el Gobierno estatal creó la Citizens Property Insurance Corporation, que se ha convertido en la principal proveedora de seguros para viviendas en Florida. Según Nutter, aún no se sabe si el nuevo sistema tiene suficientes recursos para hacer frente a una tormenta catastrófica. «Aún no ha pasado la prueba. Florida no ha sufrido un huracán importante desde 2005.»

Mientras tanto, algunos Gobiernos han dado pasos pequeños pero importantes hacia una mejor preparación ante los fenómenos meteorológicos extremos. La excepcional ola de calor que se vivió en 2003 en Europa se cobró al menos 35.000 vidas, y un análisis posterior reveló que el cambio climático había duplicado la probabilidad de que se repitiera el desastre. A partir de entonces las ciudades francesas prepararon centros con aire acondicionado y establecieron un registro de los ancianos que necesitarían ser conducidos a esos refugios. Cuando en 2006 una nueva ola de calor se abatió sobre Francia, la mortandad se redujo en dos tercios.

Del mismo modo, después de que una tormenta tropical matara a medio millón de personas en Bangladesh en 1970, el Gobierno desarrolló un sistema de alerta temprana y construyó sencillos refugios de hormigón para las familias evacuadas. Actualmente, cuando un ciclón se abate sobre el país, el número de víctimas no pasa de varios miles.

Según Jay Gulledge, los desastres meteorológicos son como un ataque al corazón. «Cuando el médico te indica cómo prevenir un infarto, no te dice que hagas ejercicio pero que puedes seguir fumando.» El mejor enfoque ante los fenómenos meteorológicos extremos es prestar atención a todos los factores de riesgo, y desarrollar cultivos que resistan la sequía, edificios que soporten inundaciones y vientos huracanados, normativas que impidan construir en sitios peligrosos y, por supuesto, reducir las emisiones de gases de efecto invernadero.

«Sabemos que el calentamiento de la superficie terrestre está llevando más humedad a la atmósfera. Lo hemos medido. Los satélites lo ven», afirma Gulledge. Por eso, las probabilidades de que se produzcan fenómenos extremos no dejan de aumentar.

Debemos aceptar la realidad, insiste Oppenheimer, y hacer todo aquello que sabemos puede salvar vidas y evitar pérdidas. «No podemos estar ahí sin más y sufrir las consecuencias.»

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Los hombres, una especie en peligro de extinción

M. E. ALONSO / MADRID
Día 06/04/2013 ABC.es

Un estudio revela que el cromosoma responsable de los genes masculinos está en proceso de desaparición

Los hombres, una especie en peligro de extinción

Imagen de cromosomas humanos./ Archivo

Los hombres parecen estar perdiendo por completo la «batalla de los sexos». Según una destacada científica australiana, el cromosoma responsable de los genes masculinos está en proceso de desaparición. Un procedimiento que tardaría unos cinco millones de años en completarse.

La clave está en el cromosoma sexual masculino y su fragilidadporque por ejemplo, la mujer o «X», posee dos cromosomas saludables con mil genes aproximadamente cada uno, en comparación con los menos de cien genes del hombre moderno y esto incluye al gen «SRY», que sería el «interruptor maestro masculino» y que determina si un embrión será masculino o femenino.

La experta en genética Jenny Graves subraya además la importancia de la presencia de un par de cromosomas del mismo tipo en las células femeninas, ya que permite la sustitución de los genes dañados cuando es necesario. En cambio, en el caso de los hombres, al no existir «compañeros celulares», cuando un cromosoma es dañado su reemplazo es imposible.

«Una mala noticia para los hombres»

Según la científica, precisamente por esta causa los genes se están desintegrando gradualmente. «Es una muy mala noticia para los hombres» reconoce la profesora de la Universidad de Canberra, quien asegura que esta realidad, «es un encantador ejemplo del llamado diseño mudo o una suerte de accidente evolutivo».

No obstante, algunos expertos aseguran la medicina tiene aún mucho tiempo por delante para enfrentar a este desafío y conseguir dar con la solución.

«Cinco o seis millones de años deberían ser tiempo suficiente para que la ciencia llegue a producir una cura que probablemente se transformará en un premio Nobel», reconoce el profesor Chris Mason, de la Universidad de Londres.

Tampoco se sabe cómo será el futuro de la misma naturaleza humana. Los expertos creen que los cromosomas pueden comenzar a sustituirse unos por otros, o incluso se crearía una nueva especie de hombre.

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Un pesticida común, culpable de matar a las abejas

Dos estudios en la revista Science señalan que un plaguicida utilizado en los cultivos puede explicar la desaparición de cientos de millones de estos insectos en todo el mundo

J. DE JORGE@JUDITHDJ / MADRID ABC.es
Día 03/04/2012
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DAVID GOULSON
Un abejorro común Bombus terrestris, la especie utilizada en el estudio

La desaparición masiva de cientos de millones de abejas en todo el mundo preocupa a los científicos desde hace años. El número de estos insectos ha disminuido de forma desmesurada, una crisis que llaman el problema del colapso de las colonias (CCD, por sus siglas en inglés) y cuyo origen todavía no ha sido resuelto. Ahora, dos investigaciones, un británica y otra francesa, publicadas en la revista Science, señalan que un pesticida ampliamente utilizado para proteger los cultivos puede ser el causante de esta trágica desaparición. Según los investigadores, el plaguicidadesorienta a estos insectos hasta el punto de que son incapaces de regresar a su colmena, reduce el tamaño de las colonias y hace desaparecer a las reinas.

«Algunas especies de abejorros se han reducido enormemente. Por ejemplo, en Norteamérica, varias especies que solían ser comunes han desaparecido más o menos de todo el continente. En Reino Unido, tres se han extinguido», dice Dave Goulson, de la británica Universidad de Stirling. Los investigadores ya habían propuesto múltiples causas para dar una explicación al brutal descenso de abejas, incluidos los pesticidas, pero no estaba claro cómo producían el daño. Los dos nuevos estudios publicados en Science se fijan en los efectos de los insecticidas neonicotinoides, que fueron introducidos en los 90 y se han convertido en uno de los más utilizados en cultivos de todo el mundo. Estos compuestos actúan sobre el sistema nervioso central del insecto.

En el estudio de Stirling, el equipo expuso colonias de abejorro común Bombus terrestris a niveles bajos de un neonicotinoide llamado imidacloprid. Las dosis fueron comparables a las que las abejas reciben con frecuencia en la naturaleza. Después, los investigadores colocaron las colonias en un lugar cerrado donde los ejemplares podían buscar comida en condiciones naturales durante seis semanas. Al principio y al final del experimento, los investigadores pesaron cada uno de los nidos de abejorro -que incluía a los insectos, la cera, la miel, las larvas y el polen- para determinar cuánto había crecido la colonia.

Comparadas con las colonias de control que no habían sido expuestas al pesticida, las colonias tratadas ganaron menos peso, lo que sugiere que había entrado menos comida. Las colonias tratadas eran de un 8 a un 12% más pequeñas que las de control al final del experimento y el porcentaje de producción de reinas se redujo en un 85%. Este último hallazgo es particularmente importante porque significa que habrá muchos menos nidos el próximo año.

Abejas desorientadas

El segundo informe, este de un equipo del Instituto Nacional Francés para la Investigación Agrícola (INRA), en Avignon, descubrió que la exposición a un segundo pesticida neonicotinoide afecta a la capacidad de orientación de las abejas, provocando que muchas mueran.

Los científicos pegaron al tórax de las abejas un identificador por radiofrecuencia, unos microchips que permiten realizar un seguimiento de sus movimientos. Después, los investigadores dieron a algunas de las abejas una dosis no mortal de plaguicida tiametoxam. Comparados con los que no fueron expuestos a plaguicidas, los insectos tratados tenían de dos a tres veces más probabilidades de morir fuera de sus colmenas. Los científicos franceses creen que, probablemente, estas muertes se produjeron debido a que el plaguicida interfirió con los sistemas de orientación de las abejas.

En la segunda parte de su estudio, los investigadores utilizaron los datos del experimento de seguimiento para desarrollar un modelo matemático que pueda predecir el futuro de la abejas expuestas a este tóxico. Los resultados fueron nefastos: el modelo señaló que las poblaciones de abejas expuestas a este pesticida pueden disminuir hasta un punto prácticamente irrecuperable.

Los autores señalan que a pesar de que a los fabricantes se les exige que sus dosis de pesticidas permanezcan por debajo de los niveles letales para las abejas, los estudios utilizados para determinar ese nivel de mortalidad probablemente han subestimado las formas en que los productos pueden matar a las abejas indirectamente, por ejemplo, al interferir con sus sistemas de orientación y modificar su conducta.

Los abejorros y las abejas juegan un papel fundamental en la polonización de las plantas con flores, incluidos muchos de los principales cultivos de frutas y hortalizas. Cada año, por ejemplo, colmenas de abejas se transportan para ayudar a la polinización de los cultivos de almendras, manzanas o arándanos. Sin ellas, la humanidad se juega su supervivencia.

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El hielo marino de la Antártida se expande mientras que el del Ártico se reduce

EFE
Día 01/04/2013

Una investigación revela nuevas conclusiones sobre este efecto paradójico provocado por el calentamiento global de los oceános

El calentamiento del océano puede ser un importante motor de la expansión del hielo marino en la Antártida, según se destaca en un estudio llevado a cabo por científicos del Real Instituto meteorológico de los Países Bajos. Este trabajo, publicado en «Nature Geoscience», señala que, mientras que el hielo marino en el Polo Norte se ha reducido sustancialmente en las últimas tres décadas, en el Polo Sur ha crecido en extensión, sin que los expertos hayan encontrado motivos para ello.

El autor principal de la investigación, Richard Bitanja, ha señalado que se trata de una paradoja porque es el calentamiento global lo que provoca que cada vez haya más hielo en el mar alrededor de la Antártida. Concretamente, Bintanja y sus colegas muestran que elderretimiento de la capa de hielo de la Antártida -que está perdiendo masa a una velocidad de 250 gigatoneladas al año- ha sido probablemente el principal factor detrás de la pequeña, pero estadísticamente significativa, expansión del hielo marino en la región.

Los científicos saben desde hace varios años que el deshielo en la Antártida forma una capa fría y fresca sobre la superficie del mar que protege el hielo marino de las aguas más cálidas y profundas. Sin embargo, no estaban seguros de si había ayudado a la expansión del hielo marino observada, como lo ha hecho ahora el nuevo estudio.

Cambios de 1985 a 2010

Para llegar a estas conclusiones, los autores analizaron, a través de satélites y observaciones de boyas, la temperatura y salinidad del océano en el período 1985-2010. Luego se compararon los cambios observados en los datos con el modelo climático global que determina cómo la Antártida pierde 250 gigatoneladas de hielo cada año y cómo afecta esto al océano.

Este modelo determina que el agua de deshielo forma un tapón de agua dulce fría que facilita la expansión del hielo marino, lo que lleva a los investigadores a identificar esto como la causa más probable de la tendencia reciente de crecimiento. Del mismo modo, se destaca la labor de los vientos en este fenómeno.

El trabajo indica que la extensión del hielo marino antártico puede cambiar tanto por el movimiento físico, como por el calentamiento o enfriamiento de la superficie del mar como consecuencia del aire. Así, los científicos determinan que esta expansión es resultado de los efectos combinados de la fuerza del viento y la temperatura.

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La deslumbrante cueva hallada en Venezuela

Marcos Salas BBC Mundo

 Miércoles, 10 de abril de 2013
Cueva cuarcita AuyantepuyLa cueva recién descubierta podría ser la más grande de su tipo.

“Es como si hace millones de años Dios hubiese tomado plastilinas de colores y las hubiese amasado en este lugar”.

El espeleólogo venezolano Freddy Vergara no oculta su emoción ante la maravilla cromática que testificaron sus ojos en marzo, tras el descenso a las profundidades de una enorme cueva en el cerro Auyantepuy, en la Gran Sabana, en el sureste de Venezuela.

Cueva cuarcita Auyantepuy

No es un lugar cualquiera: se trata de una cueva de cuarcita -un tipo de formación rocosa de alto contenido de cuarzo- en las profundidades del tepuy, una estructura geológica en forma de meseta muy típica de la zona, a unos 1.500 metros por encima del nivel del mar.

Fue descubierta en marzo pasado -el equipo multidisciplinario conformado por venezolanos e italianos entró por primera vez el 13- y podría ser la más grande de su tipo en el mundo, aunque eso todavía está sujeto a comprobación.

No es la primera formación de este tipo que se descubre. Ya en la década de los años 70 fueron halladas otras similares en los tepuyes Autama o Sarisariñama.

La cueva se ubica en la cara este del Auyantepuy, mirando al valle de Kamarata y al valle de Kanavayén.

Fue el Correo del Caroní, un diario de Ciudad Guayana, en el estado Bolívar, el primer medio de comunicación que se hizo eco de la noticia.

Desde el aire

La expedición fue llevada a cabo por el equipo venezolano Theraphosa -al que pertenece Vergara- y el italiano La Venta luego de que una abertura fuese divisada por primera vez en 2011 por el piloto venezolano Raúl Arias, a bordo de un helicóptero.

“Fuimos a explorar, con la grata noticia de que era un monstruo lo que había allá abajo. Te quedas sin palabras de solo verlo.”

Freddy Vergara – Espeleólogo del grupo Theraphosa

“Ya he detectado varias desde el aire”, le explica Arias a BBC Mundo. “Cuando veo formaciones extrañas, aberturas o posibilidad de aberturas, doy vueltas en el aire para determinar bien de qué se trata. Aún quedan por explorar al menos seis cuevas que he divisado”.

Arias es un capitán con más de 23.000 horas de vuelo en helicóptero. Trabaja con turistas, documentalistas, exploradores y hasta famosos. Le ha pilotado al actor Harrison Ford, quien alguna vez fue a Venezuela a conocer las maravillas naturales de esta parte del país.

Arias bajó a la cueva como invitado especial, unos 250 metros. Describe lo que vio como “un impresionante mundo de cascadas, de lagos, de guácharos y estalactitas de colores” que se ven sólo con luz artificial, pues de otra forma hay oscuridad total.

Dos años después se realizó la expedición. La profundidad es de unos 180 metros desde el lugar de ingreso hasta el punto más bajo del descenso. Fue un trayecto complicado: el primer tramo, unos 60 metros, se hizo por medio de cuerdas -rapel- entre grietas y precipicios. El resto lo hicieron a pie.

En total, la travesía duró 15 días. Participaron 14 personas, siete italianos y siete venezolanos.

“Fuimos a explorar, con la grata noticia de que era un monstruo lo que había allá abajo”, le dice Vergara a BBC Mundo. “Te quedas sin palabras de sólo verlo”.

Nombre indígena

La cueva fue llamada Imawarí Yeutá, nombre indígena que designa a una especie de duende y protector de la montaña en la mitología de la etnia pemón.

El espeleólogo explica que lograron topografiar un total de 15 kilómetros con 450 metros, aunque -según sus cálculos- la cueva podría tener unos 25 kilómetros en total. Hay salas que miden 130 metros de ancho por 200 metros de largo.

Cueva cuarcita AuyantepuyEn la sala bautizada Saúl Gutiérrez hallaron una especie de pájaro guácharo de comportamiento no conocido.

Ya se ha dicho que esta formación no es una cueva cualquiera, no sólo por sus dimensiones sino por su composición mineral.

La formación rocosa de los tepuyes es de piedra compacta, las más fuertes y antiguas de todo el planeta, explica Vergara.

Hasta hace unas décadas en la comunidad científica se pensaba que con este tipo de roca, la cuarcita (un tipo de sílice), no se formaban cuevas. Es muy dura, muy compacta y fuerte en su estructura, prácticamente cristales. No se erosiona tan fácilmente con el agua.

El espeleólogo establece una diferencia con las formaciones de carbonato de calcio, como las Cuevas del Guácharo (estado Monagas, en el oriente de Venezuela) u otras que fueron fondos marinos y cuya estructura es de carbonato de calcio, constituido por barro, arcilla, conchas marinas y calcio.

En estas formaciones las cuevas se produjeron por la erosión del agua y el viento, principalmente.

Sólo para dar una idea, Vergara dice que si la erosión de cien metros de carbonato de calcio toma cien años, el cuarzo se erosiona un metro en un siglo.

Origen bacteriológico

En el caso de Imawarí Yeutá, se trata de una cueva de origen bacteriológico.

“Se producen por la acción de bacterias extremófilas (que viven en condiciones extremas), que de cierta forma logran debilitar el núcleo de la cuarcita, lo arenizan y hacen que se erosionen y formen estas estructuras maravillosas, vivas”.

Y lo de “viva” no es metafórico: todas estas bacterias son autotrofas, es decir, tienen la capacidad de alimentarse a sí mismas. Son seres vivos dentro de una cueva.

Dentro de sus cámaras, salones y galerías, entre colores azulados, rojos, amarillos, púrpuras -producto de la mineralización- evoluciona la vida por aislamiento. La diversidad natural que hay en los tepuyes (insectos, plantas, aves) sólo existe ahí.

Por ejemplo, en sala Saúl Gutiérrez -llamada así en homenaje a un biólogo venezolano que dedicó su vida a especies animales en peligro de extinción- los exploradores hallaron una especie de pájaros guácharos (en el suelo, que mostró un comportamiento no visto antes por la ciencia.

Vergara arriesga a decir que en estas formaciones podría estar la “génesis del planeta”.

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Equipo de la BBC descubre “nuevas especies” en Venezuela

 Lunes, 6 de agosto de 2012
Grillo nadador filmado por la BBC en un cueva en Venezuela, posiblemente una especie nuevaEl grillo nadador que aún no tiene nombre científico fue hallado en una cueva en Venezuela.

Un grillo nadador y otras dos posiblemente nuevas especies fueron registradas en Venezuela por un equipo de filmación de la BBC.

“Es el animal más increíble que he visto”, dijo el biólogo George McGavin refiriéndose al grillo. “Nada debajo del agua, impulsándose con sus patas delanteras como si estuviera nadando estilo libre y pateando con las traseras”.

McGavin y sus colegas viajaron a Sudamérica para filmar una nueva serie coproducida por la BBC y titulada, “Oscuridad: el mundo natural durante la noche”.

Fue un grupo de científicos de La Venta, la sociedad de exploración italiana especializada en sitios de acceso difícil, quien alertó al equipo de la BBC sobre la importancia de una cueva en particular. La cueva estaba ubicada en un tepuy, un tipo de meseta con paredes abruptas y cimas planas característica de Venezuela.

Sin ojos

Nada podría haber preparado al biólogo para lo que estaba a punto de ver. Con un color pálido y apenas rastros de lo que en el pasado fueron ojos, un pez gato navegaba utilizando órganos sensoriales en su cabeza.

Vivir en la oscuridad total de la cueva parece haber eliminado evolutivamente la necesidad de comunicación visual. McGavin cree que los antepasados del pez deben haber vivido hace millones de años en el área donde se formó la cueva.

“Como biólogo, no puedo expresar en palabras la emoción que se siente al fimar algo que jamás ha sido registrado”

George McGavin

“Lo que fue originalmente tal vez un pez gato en un lago se convirtió de pronto en un pez aislado en estas cuevas subterráneas”, dijo McGavin.

El científico descubrió en la misma cueva un opilión, conocido vulgarmente como murgaño o segador, que -según cree- es nuevo para la ciencia.

“Es un animal muy extraño y no recuerdo haber visto una imagen o ilustración de nada que se le parezca, por lo que podría ser una especie no descrita hasta el momento”, dijo McGavin.

Los opiliones son arácnidos, un grupo que incluye a arañas y escorpiones, pero este especimen en particular se comportó en forma inusual, no reaccionando en absoluto a la luz de las linternas.

Al acercarse al animal, el equipo de la BBC descubrió que el opilión no tenía ojos.

Millones por descubrir

“Si hubiéramos tenido más tiempo para permanecer en la cueva, seguramente habríamos hecho otros descubrimientos”, comentó McGavin.

Rhynopitecus strykeri, mono que estornuda El mono que estornuda, Rhynopitecus strykeri, es una de las diez especies más espectaculares seleccionadas este año por un panel de científicos.

Los tres especímenes aún no han sido descritos formalmente, pero el científico cree que se trata de especies nuevas.

“Como biólogo, no puedo expresar en palabras la emoción que se siente al filmar algo que jamás ha sido registrado”.

“Las cuevas tienden a ser muy aisladas. Si una especie logra establecerse en ellas suele no tener contacto con poblaciones en otras cuevas o con los ancestros de los que desciende”, dijo a la BBC el profesor Quentin Wheeler, director del Instituto Internacional para la Exploración de Especies de la Universidad Estatal de Arizona.

“Cuando una población es muy reducida con frecuencia se da una especialización mucho más rápida que en el caso de grupos mayores”.

Biodiversidad

Áreas como la del tepuy en Venezuela son conocidas como “hotspots” o punto calientes de biodiversidad, como se denomina a las zonas habitadas por un alto número de especies endémicas, es decir, que no pueden hallarse en ningún otro lugar.

“Las islas pequeñas, las cimas de montañas o las cuevas son verdaderos laboratorias de experimentación genética”, dijo Wheeler.

El Instituto Internacional de Exploración de Especies compila información sobre especies nuevas, por su valor en la historia evolutiva y por su importancia para la conservación.

“Cerca de dos millones de especies han sido nombradas y descritas científicamente hasta ahora, pero creemos que hay por lo menos 10 millones de especies”

Quentin Wheeler, Universidad Estatal de Arizona.

Wheeler dijo a la BBC que cada año registran unas 18.000 nuevas especies, pero que esto es apenas el comienzo.

“Cerca de dos millones de especies han sido nombradas y descritas científicamente hasta ahora, pero creemos que hay por lo menos diez millones de especies”, añadió el científico de la Universidad Estatal de Arizona.

“Y esa cifra sólo toma en cuenta las plantas y animales multicelulares. Si consideramos microbios la estimación cambia completamente”.

Cada año, el instituto publica una lista de las diez especies nuevas más espectaculares, compilada en base a la selección de diversos expertos. Wheeler eligió como favorito al llamado “gusano del diablo”, un nemátodo encontrado en una mina de oro en Sudáfrica cerca de un kilómetro y medio bajo tierra.

“Nadie esperaba encontrar un organismo multicelular de ese tamaño viviendo a esta profundidad”, dijo Wheeler.

“Para mí, este hallazgo nos plantea una nueva pregunta. ¿Qué más no sabemos y debemos descubrir?”.

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El material “milagroso” hecho a base de sol y agua

BBC Mundo Tecnología

 Miércoles, 10 de abril de 2013
Malcom Brown y David NoblesMalcom Brown (izq.) es un pionero en el campo de la nanocelulosa.

Es ocho veces más resistente que el acero inoxidable, transparente, ligero, conduce la electricidad y algunos aseguran que este material “maravilla”, como lo llaman algunos, transformará la agricultura tal y como hoy la conocemos.

Hablamos de la nanocelulosa cristalina, un material que se obtiene a partir de la compresión de fibras vegetales o se cultiva usando microorganismos como las bacterias.

La nanocelulosa cristalina es considerada por algunos como una opción más ecológica y asequible que el publicitado grafeno, y sus aplicaciones incluyen la industria farmacéutica, cosmética, biocombustibles, plásticos y la electrónica.

Según estimaciones del gobierno estadounidense, en 2020 su producción moverá una industria de unos US$600.000 millones anuales.

Transformará la agricultura

Hasta hace poco una de las mayores preocupaciones de los adeptos a la nanocelulosa era cómo producirla en grandes cantidades y a un bajo costo, pero científicos creen que por fin han dado con la técnica para cultivar este material de forma abundante usando algas genéticamente modificadas.

El investigador Malcom Brown, profesor de biología de la Universidad de Texas en Austin, Estados Unidos, y uno de los pioneros en el mundo en este campo de investigación, explicó recientemente durante el Primer Simposio internacional de Nanocelulosa, cómo funcionaría el nuevo proceso.

“Tendremos plantas para producir nanocelulosa abundantemente y de forma barata”

Malcom Brown, biólogo

Se trata de un alga de la familia de las mismas bacterias que se usan para producir vinagre, conocidas también como cianobacterias. Unos organismos, que para su desarrollo sólo necesitan luz solar y agua, y que tendrían la ventaja de absorber el exceso de dióxido de carbono en la atmósfera, causante del efecto invernadero.

“Si podemos completar los últimos pasos, habremos completado una de las mayores transformaciones potenciales de la agricultura jamás llevadas a cabo”, dijo Brown.

“Tendremos plantas para producir nanocelulosa abundantemente y de forma barata. Puede convertirse en un material para la producción sostenible de biocombustibles y muchos otros productos”.

Nanocelulosa cristalina

cianobacteriaSe cree que el nuevo método tendría muchas aplicaciones en distintos campos de la ciencia.

La celulosa en sí es uno de los productos más abundantes del planeta, presente en muchos tipos de fibras vegetales. Pero en escala nano las propiedades de este material cambian por completo.

Como pasa con el grafito, material con el que se producen los nanotubos de grafeno (más resistentes que el diamante), en este caso la fibras nano de la celulosa pueden encadenarse en largas fibras, lo que se conoce como celulosa “nanocristalina”.

El material resultante es tan resistente como el aluminio y puede usarse tanto para confeccionar chalecos de protección ultraligeros, como para pantallas de dispositivos electrónicos e incluso para cultivar órganos humanos.

Fábrica natural

Aunque actualmente ya existen plantas dedicadas a la producción de nanocelulosa cristalina, los elevados costos de producción todavía frenan el crecimiento de esta industria.

La producción de este material generalmente entraña la compresión de fibra vegetal, o el cultivo de grandes tanques de bacterias, que tienen que ser alimentadas con costosos nutrientes.

Pero ahora las investigaciones de Brown y su equipo, apuntan al uso de este alga azul-verdosa capaz de generar nanocelulosa naturalmente aunque en pequeñas cantidades. Por ello, el equipo plantea modificarla artificialmente, introduciendo genes de la bacteria Acetobacter xylinumusada para producir vinagre.

De este modo, el alga podría producir el material en grandes cantidades y sin necesidad de aportar nutriente alguno, más allá de suministrarle agua y exponerla a la luz del sol.

Hasta el momento, observó Brown, el equipo de investigación ha logrado que este alga cree una larga cadena de nanocelulosa, pero ahora trabajan para que el organismo sea capaz de producirla directamente en su estado cristalino, cuando es más estable y fuerte.

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Hallan embriones de dinosaurio en Yunnan

El descubrimiento permitirá estudiar el crecimiento y desarrollo embrionario de los dinosaurios

Embrión de dinosaurio de unos 190 millones de años preservado en sus sedimentos. (Foto: EFE/ R. Reisz )

Miércoles 10 de abril de 2013 EFE | El Universal15:39
Un lecho óseo de 190 millones de años de antigüedad en la provincia china de Yunnan ha arrojado las primeras claves sobre el crecimiento y desarrollo de los embriones de dinosaurio dentro de los huevos, según un estudio divulgado hoy en Australia.

El hallazgo es “extraordinariamente raro en los registros paleontológicos y es valioso tanto por su antigüedad como por la oportunidad que ofrece de estudiar la embriología de los dinosaurios”, dijo el paleontólogo canadiense Robert Reisz, de la Universidad de Toronto Mississauga, en un comunicado de prensa de la universidad australiana James Cook.

El equipo dirigido por Reisz, que estuvo conformado por científicos de Alemania, Australia, China y Taiwán, realizó excavaciones en Yunnan y analizaron más de 200 huesos de ejemplares de dinosaurios de diferentes etapas de desarrollo embrionario, así como la geología del yacimiento.

“Se trata de la primera vez que hemos podido seguir el crecimiento de los embriones de dinosaurio a medida que se desarrollan. Nuestro descubrimiento tendrá un fuerte impacto en el entendimiento de la biología de esos animales”, señaló Reisz.

La mayoría de los embriones de dinosaurios estudiados hasta la fecha pertenecen al Cretácico, periodo que se desarrolló entre hace 145,5 y 65,5 millones de años aproximadamente, por lo que el descubrimiento en el yacimiento situado cerca de la ciudad de Lufeng, al suroeste de China, supone una gran novedad dada su gran antigüedad.

Si bien solo han excavado un metro cuadrado de este lecho óseo, el lugar ha proporcionado restos de cáscaras de huevos de dinosaurios que han sido consideradas como las más antiguas que se han descubierto hasta la fecha de cualquier animal terrestre vertebrado.

Aunque las piezas son diminutas y tienen un grosor de 100 micrones, se encuentran en excelentes condiciones y corresponden a 20 ejemplares embrionarios de la especie de Lufengosaurus (“reptil de Lufeng”) , que fue el dinosaurio más común en la región durante la primera etapa del período Jurásico.

El científico australiano Eric Roberts, de la Universidad James Cook, explicó que su estudio se centró en analizar partes de los huesos y rocas que contenían los restos óseos en busca de claves vinculadas a su preservación y entender el ambiente, la edad y la causa de la muerte.

“De ese modo pudimos comprender que el lecho óseo se formó por una inundación baja y lenta de una colonia de nidos” , subrayó Roberts.

Así, los científicos hallaron diversos huesos desarticulados pertenecientes a distintos nidos y en diferentes etapas embrionarias, lo que permitió al equipo de científicos internacionales estudiar los patrones de crecimiento.

Los especialistas dirigidos por Reisz se concentraron en el análisis del mayor hueso embrionario, el fémur, y comprobaron que la tasa de crecimiento se duplicó en tamaño de 12 a 24 milímetros mientras el dinosaurio se desarrollaba dentro del huevo.

El análisis de la anatomía y la estructura interna también reveló que los músculos tuvieron un papel importante en la forma del fémur en desarrollo y que los dinosaurios, como las aves modernas, podían moverse dentro del huevo.

También hallaron evidencias de fibras de colágeno en el fémur, una proteína característica de los huesos, y que el llamado “reptil de Lufeng” , de cuello largo y que llegó a medir unos 8 metros, también tenía un período de incubación muy corto.

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