Las relaciones entre la Mafia y el Estado italiano llegan a los tribunales


  • Las relaciones entre la Mafia y el Estado italiano llegan a los tribunales
  • Comienza en Italia el juicio por presunta complicidad entre Gobierno y mafia
  • Italia juzga desde hoy la supuesta conexión entre Estado y Cosa Nostra en los 90
  • ¿Hubo un pacto secreto entre el Estado italiano y la mafia?
  • Andreotti, Moro y la ‘realpolitik’ demócrata cristiana
  • Andreotti, el amo de las sombras
  • El pacto con Silvio Berlusconi socava al centroizquierda italiano

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Las relaciones entre la Mafia y el Estado italiano llegan a los tribunales

Comienza en Palermo el juicio sobre las negociaciones con la Mafia para frenar los atentados a principios de los 90

 Roma 27 MAY 2013 – El País.com (España)
Manifestación en recuerdo de los jueces Falcone y Borselino, el jueves en Palermo. / CIRO FUSCO (EFE)

Hace 20 años, entre la primavera de 1992 y el invierno de 1993, mientras los jueces Giovanni Falcone y Paolo Borsellino eran asesinados junto a sus guardaespaldas, altos personajes del Estado italiano y de la Mafia siciliana estaban negociando. ¿Quiénes? ¿Para qué? ¿A cambio de qué? Son algunas de las respuestas que, desde hoy, trata de responder un tribunal de Palermo. En el banquillo de los acusados, por primera vez en la historia, se sientan juntos representantes del Estado, sicarios, mafiosos arrepentidos y grandes jefes de la Cosa Nostra. Los fiscales que desde 2009 investigan la misteriosa “trattativa Stato-Mafia” (la negociación entre el Estado y la Mafia siciliana) también han llamado a declarar a 176 testigos. El número 63 es el mismísimo Giorgio Napolitano, actual presidente de la República.

A lo largo de 2011, Nicola Mancino, ministro del Interior entre 1992 y 1994, supo que estaba siendo investigado por los fiscales de Palermo, se sintió acorralado y decidió pedir ayuda al presidente Napolitano. Llamó varias veces al palacio del Quirinal y en unas ocasiones habló con el asesor jurídico Loris D’Ambrosio y otras con Napolitano. Lo que no sabía Mancino era que su teléfono ya estaba intervenido por orden judicial y, como suele suceder en Italia, las conversaciones con D’Ambrosio fueron publicadas enseguida, mientras que Napolitano apeló a la inviolabilidad del jefe del Estado y las cintas fueron destruidas.

El asesor D’Ambrosio murió de infarto el verano pasado y Napolitano tendrá que declarar, mientras que el exministro Mancino ya ha pasado su primera mañana en el banquillo. “No puedo estar en el mismo proceso junto a miembros de la Mafia”, ha protestado. A modo de respuesta, el fiscal Nino Di Matteo ha dicho: “El Estado no puede esconder su responsabilidad”.

Pero lo cierto es que la lleva escondiendo dos décadas. La teoría de los fiscales sicilianos es que a finales de 1992, después de los asesinatos del político Salvo Lima –cercano a la Cosa Nostra y colaborador de Giulio Andreotti– y del juez Giovanni Falcone, altos representantes políticos y policiales del Estado italiano tuvieron conocimiento de que la Cosa Nostra tenía una larga lista negra de objetivos entre los que se encontraban algunos ministros. Según esa versión, y con el fin último de salvar el pellejo, el Estado propuso a Salvatore Totò Riina, jefe del sanguinario clan de los Corleonesi, un pacto.

A cambio de frenar los atentados, el Estado estaría dispuesto a suavizar las duras condiciones carcelarias de 400 detenidos y a otros privilegios legales. De ahí que, pese a las protestas del exministro Mancino, ahora se encuentren sentados en el mismo banquillo personajes tales como el senador Marcello Dell’Utri, gran amigo de Berlusconi, los generales Antonio Subranni y Mario Mori junto a mafiosos como Giovanni Brusca –uno de los asesinos del juez Falcone– o el mismísimo Totò Riina, el último capo dei capi (jefe de jefes). Es la primera vez, después de 20 años, que Italia se enfrenta con la ley en la mano a uno de sus más dolorosos misterios.

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Comienza en Italia el juicio por presunta complicidad entre Gobierno y mafia

(AFP)

ROMA — El juicio sobre presuntas negociaciones entre responsables gubernamentales y padrinos de la mafia tras una serie de ataques con bomba y asesinatos en los años ’90 comenzó este lunes en Sicilia.

Según la acusación, los miembros del Gobierno accedieron a ser menos severos con los responsables de la mafia, reduciendo el número de detenciones y mejorando sus condiciones de detención, a cambio de que cesaran los ataques. Diez personas, entre ellas el ministro de Interior de la época, Nicola Mancino, y el ‘capo’ de la mafia Toto Riina, están en el banquillo de los acusados.

Los fiscales también llamarán a testificar a figuras políticas como el presidente de la República, Giorgio Napolitano. “Combatí a la mafia. No puedo estar en el mismo juicio que los capos de la mafia”, dijo Mancino antes de empezaran las audiencias, según la prensa italiana. “Pediremos que el juicio sea abandonado”, dijo Mancino, a quien solo se le acusa de falso testimonio.

La fiscalía sostiene que después de los asesinatos de dos jueces antimafia, en 1992, importantes responsables del Gobierno italiano empezaron negociaciones secretas con la mafia. Mancino está siendo juzgado junto al exsenador Marcello dell’Utri y tres exaltos responsables de la policía,  Antonio Subranni, Mario Mori y Giuseppe De Donno. Los expadrinos de la mafia, Riina, Leoluca Bagarella y Antonio Cina, así como los tránsfugas Giovanni Brusca y Massimo Ciancimino, también son juzgados.

Como parte de la investigación, los fiscales escucharon una conversación telefónica entre Mancino y Napolitano, que provocó un enfrentamiento entre la fiscalía y la Presidencia italiana. Por decisión de un tribunal, la cinta fue destruida y su contenido no fue revelado. Aunque siempre hubo sospechas de complicidad entre responsables italianos y la mafia, pocos casos llegaron a juicio y en muchos menos hubo condenas.

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Italia juzga desde hoy la supuesta conexión entre Estado y Cosa Nostra en los 90

EFE / ROMA
Día 27/05/2013 –

Políticos y «capos» mafiosos comparecerán ante un tribunal de Palermo para aclarar si se negoció con los criminales a cambio de frenar los ataques

Un juicio considerado histórico ha dado comienzo este lunes en Palermo, durante el que se intentará esclarecer si en el Estado italiano emprendió una negociación con la mafia siciliana (Cosa Nostra), para detener la oleada de violencia mafiosa que conmocionó Italia en la pasada década de los noventa. Tras años de investigaciones y polémicas, en el banquillo se sentarán diez imputados, acusados de presiones y amenazas al cuerpo del Estado.

Son el entonces ministro del Interior y expresidente del Senado, Nicola Mancino, el exsenador Marcelo dell’Utri, brazo derecho de Silvio Berlusconi, y los antiguos responsables del cuerpo especial de los Carabineros del ROS, los generales Mario Mori y Antonio Subranni, además del exgeneral Giuseppe De Nonno.

A ellos se unen también los jefes mafiosos que aterrorizaron a toda Italia, Salvatore «Totó» Riina, su estrecho colaborador Giovanni Brusca, el que fuera su médico personal Antonino Cinà, y el mafioso Leoluca Bagarella.

El décimo imputado es Massimo Ciancimino, hijo de Vito, alcalde de Palermo, que con sus revelaciones y documentos heredados de su padre ha hecho que los jueces contasen con pruebas para reabrir el caso.

El varias veces ministro Calogero Maninno será juzgado a parte al haber elegido el proceso breve, al igual que el «jefe de jefes» de Cosa Nostra, Bernardo Provenzano, por motivos de salud.

Las 12 peticiones de la mafia

De acuerdo con los investigadores, existió una negociación entre representantes del Estado y los líderes de la Cosa Nostra, a principios de los noventa, para acabar con la oleada de atentados cometidos por la mafia. Ciancimino aseguró que su padre le dejó antes de morir en 2002 un folio, el llamado «papello» con las 12 peticiones que el padrino de Cosa Nostra «Totó» Riina habría hecho al Estado para poner fin a los atentados de aquellos años.

Supuestamente existe, asimismo, otro papel escrito por Vito Ciancimino en el que éste precisa y hace otras propuestas al Estado y que al parecer fue entregado al por entonces director del Grupo Operativo Especial (ROS), Mario Mori.

A las declaraciones de Ciancimino sobre la existencia de estas supuestas negociaciones se sumaron las de otros exmafiosos que colaboran con la Justicia o las del fiscal antimafia italiano Piero Grasso, que confirmaron su existencia.

Asesinatos de Falcone y Borsellino

El juicio buscará también las respuestas a los atentados del 23 de mayo 1992, en el que perdieron la vida el juez antimafia Giovanni Falcone, su mujer Francesca Morvillo y tres agentes de la escolta, y al que 53 días después acabó con el también magistrado Paolo Borsellino y cinco de sus escoltas.

Varios magistrados y la familia de Borsellino mantienen desde hace años que el juez fue asesinado por la mafia porque se oponía a las negociaciones que se querían emprender entre Cosa Nostra y el Estado. «Paolo fue asesinado porque se metió en medio para evitar las negociaciones, que entonces sólo eran rumores, pero que ahora se está comprobando que eran ciertas», ha denunciado siempre el hermano del juez, Salvatore Borsellino.

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¿Hubo un pacto secreto entre el Estado italiano y la mafia?

27 may 2013 | RT en Español
¿Hubo un pacto secreto entre el Estado italiano y la mafia?

RT

Este lunes comienza en Italia un juicio sobre el presunto pacto secreto entre jefes de la mafia y funcionarios estatales para poner fin a la oleada de violencia mafiosa que conmocionó a Italia en la década de los noventa.

El proceso judicial, catalogado de histórico, se llevará a cabo en un Tribunal de Palermo tras años de pesquisas.

Según los investigadores, varias figuras políticas y policías italianos llevaron a cabo negociaciones con la mafia siciliana (la Cosa Nostra) para poner fin a una campaña de ataques con bomba, iniciada en 1992, a cambio de reducir las penas de prisión de cientos de mafiosos encarcelados y obtener una mayor influencia política.

En total se sentarán en el banquillo diez imputados, acusados de presiones y amenazas al cuerpo del Estado.

Entre ellos, políticos como el ministro del Interior y ex presidente del Senado Nicola Mancino y el ex senador Marcelo dell’Utri, brazo derecho de Silvio Berlusconi, así como antiguos responsables del cuerpo especial de los Carabineros del ROS, como los generales Mario Mori y Antonio Subranni, y el ex general Giuseppe De Nonno.

La lista de imputados incluye a algunos de los mayores capos de la Cosa Nostra como Salvatore ‘Totó’ Riina, su colaborador Giovanni Brusca, el que fuera su médico personal Antonino Cinà y el mafioso Leoluca Bagarella.

El décimo imputado es Massimo Ciancimino, hijo del ex alcalde de Palermo, el fallecido Vito Ciancimino, conocido como Don Vito, figura que presuntamente jugó un papel clave en el enlace entre el Estado y los mafiosos sicilianos.

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16 de Mayo de 2013 – El Mostrador

Andreotti, Moro y la ‘realpolitik’ demócrata cristiana


Consultora en temas de derecho humanitario y seguridad alimentaria, miembro de AChEI (Asociación chilena de especialistas internacionales).

Con la muerte de Giulio Andreotti este pasado 6 de mayo no sólo se cierra un ciclo de la política italiana, sino también una parte de la historia de la Democracia Cristiana internacional. Si durante cuatro décadas la DC itálica logró ser el único partido que gobernó ininterrumpidamente en toda Europa, entre 1948 y 1993, las glorias y miserias de ese paradigma se encarnan en una sola persona: Andreotti. No hay otras visiones: la suya, es una larga vida de culto al poder, de maestría en la realpolitik, que lo erigieron en el símbolo de la primera república. Siete veces presidente del consejo de ministros, el joven humilde de la Ciociaria jugó con su inteligencia, como ningún otro, el rol de El Príncipe. Al lado de Dio e con il Diavolo por consejero, como gustaba ironizar, sus sospechosas amistades le situaron siempre bajo la sombra de cierta criminalidad: el Vaticano, la masonería de derechas, Kissinger, los dictadores latinoamericanos y los árabes, y, por supuesto, la mafia. Todos siempre estuvieron conectados con él, despertando la suspicacia y la inspiración de una nutrida creatividad artística que encuentra en el film ‘Il Divo, la espectacular vida de G. Andreotti’ su máxima referencia.

Sin embargo, es su estrepitosa caída la que mayor significado tiene como síntoma —y detonador— de la decadencia del sistema político de Italia. Un largo proceso de descrédito y fragmentación que empezó hace 35 años. Fue el 9 de mayo de 1978, cuando aparece muerto, su camarada, Aldo Moro, que se abre una herida en el corazón del Estado. Su ejecución por las Brigadas Rojas, es una manifiesta advertencia contra la tesis del Compromesso Storico y el primer intento de un gobierno de coalición entre la DC y los eurocomunistas.

Entonces, Moro presidente del partido y defensor del pacto y Andreotti, que, si bien encabezaría el gobierno, nunca lo propició, se vieron finalmente enfrentados. Cada uno representó las dos formas opuestas que conflictúan a la DC hasta nuestros días. Sin preverlo, el paradigma andreottiano cimentó el camino de su destrucción. Su consecuencia más grave fue abrir las puertas al vendaval del neoliberalismo y su mirada de la política al servicio del mundo de los negocios y la concentración de la riqueza. El máximo representante de esta nueva realpolitik es Silvio Berlusconi, “Il papi”, y su modus vivendi hoy llamado por algunos como la videocracia.

El joven humilde de laCiociaria jugó con su inteligencia, como ningún otro, el rol de El Príncipe. Al lado deDio e con il Diavolopor consejero, como gustaba ironizar, sus sospechosas amistades le situaron siempre bajo la sombra de cierta criminalidad: el Vaticano, la masonería de derechas, Kissinger, los dictadores latinoamericanos y los árabes, y, por supuesto, la mafia.

GIULIO, EL CULTO AL PODER, VERSUS EL PESO MORAL DE ‘IL CARO’ ALDO

Tras el referéndum que termina con la monarquía en Italia, la DC se consolida como la mayor fuerza política y es, sobre todo, gracias a su Constitución y diseño programático que el discurso de la justicia social pasa al centro de la coyuntura pública. En ese escenario, de posguerra, las figuras de Moro y Andreotti derivaron en distintos modelos del control político, lo que inevitablemente se exportó a América. Mientras Il divo Giulio, —Belcebú o el Papa negro según ironizaban los cronistas y férreo anticomunista—, adecuó el uso del poder a cada tiempo, llevando el partido hacia el centro y el statu quo, Moro construyó un perfil antagónico.

Il caro —el querido— Aldo, abogado y editor de prensa escrita al igual que Giulio, ejerció el rol de un estratega progresista de largo aliento. Ya en la década del 40 defendía la incipiente constitucionalización de los derechos fundamentales —incluso antes de la Declaración Universal de Derechos Humanos—, la urgencia de una reforma agraria del sur del país y una nueva política penal contra la mafia. Con los años, sus posiciones fueron combatidas por los ímpetus derechistas de la corriente andreottiana, cuya predilección por el diálogo pro EE.UU, la curia vaticana y la mafia al servicio del anticomunismo se consolidará sin pudor.

Lo irreconciliable de las posiciones de ambos líderes sería evidente en la década del 70, los años de plomo, cuando las calles de Roma, Milán, Padua y Turín conocieron de los atentados terroristas. Entonces, la ciudadanía estaba convulsionada por la emergencia de la lucha armada de las Brigadas Rojas (ultraizquierda) y la acción paramilitar de Propaganda Due (P2), una selecta logia masónica de extrema derecha, que propugnaba la “transformación autoritaria del Estado”, tan cercana a la CIA como a los golpistas latinoamericanos de la época.

En esa coyuntura, Moro, jefe de gobierno en 1963 y nuevamente electo en 1976, se opuso a cualquier acercamiento con la derecha, fuera la italiana, la del resto de Europa o la norteamericana. En su diseño estratégico, seguir conciliando con esas fuerzas y mantenerse en el centro implicaba un retroceso que contrariaba los principios ideológicos de justicia social de la DC y, sobre todo, alejaría al electorado: la enorme masa “operaia” sindicalizada (obreros) y el nuevo mundo de los universitarios provenientes de la reforma educacional. Lo importante era potenciar el vínculo con esa masa crítica en ciernes, ávida de reivindicaciones y capaz de apoyar las reformas de la justicia social —según el modelo DC— sin caer en una guerra civil. Esto, ya que la grave experiencia del golpe militar de 1973 en Chile y su desenlace fatal de represión debía ser evitado en Italia, cerrando la vía violentista y más ultraderecha.

En materia internacional, Moro, fue un crítico de las intervenciones de EE.UU., ante cualquier peligro inminente de comunismo, especialmente bajo la influencia de Kissinger. En efecto, el controvertido premio nobel de la Paz recuerda en sus memorias que Moro siempre le ofreció nula amistad, siendo tan diferente a Andreotti, al que sí califica como un estrecho colaborador. Resulta así innegable que Il caro Aldo, en aquel tiempo, fue un nexo público con la resistencia demócrata cristiana e izquierda latinoamericana. En tanto, Andreotti, con intermitencia trataba el tema directamente con Licio Gelli de P2, parte de la curia vaticana más ultraderechista o con otros amigos de los gobernantes, siempre fiel a su lema “el poder se ejerce sin dejar huellas”.

LA EJECUCIÓN DE MORO, LA ADVERTENCIA CONTRA EL COMPROMESSO STORICO Y CHILE

El revuelo mundial provocado por la ejecución de Moro es la mayor sombra que pesa sobre Il divo. A partir de ese 9 de mayo de 1978, queda de manifiesto el rechazo y la advertencia internacional contra cualquier propuesta programática en la DC, que incluyera las fuerzas de izquierda. En efecto, Moro fue el precursor junto a Enrico Berlinguer, fundador del eurocomunismo itálico, de un pacto de gobierno, conocido como el compromesso storico. Un estatuto de garantías mutuas de gobernabilidad, que legitimaría el paso hacia reformas sociales más definidas, y que significaba conformar, por primera vez, un consejo de ministros encabezado por el mismo Giulio Andreotti e integrado por algunos líderes comunistas. El viraje hacia la centroizquierda aseguraría un partido con mayor rendimiento electoral y legitimaría las reformas sociales ante los sectores más centristas.

Moro fue capturado el 16 de marzo de ese año, justo la mañana en que se votaba en el Parlamento la moción de confianza para dar paso al gobierno DC-comunistas, sin embargo el auto de Moro fue interceptado, muriendo su chofer y 4 escoltas. Nunca llegó a la votación. Pasaría 55 días en manos de las Brigadas Rojas, las que lo sometieron a un proceso revolucionario y finalmente lo condenaron a la ejecución. En ese tiempo no sólo se sucedieron las tratativas solicitando la absolución y entrega de 13 brigadistas rojos que estaban presos a cambio de liberar a Moro con vida, sino también se conoció, a través de sus cartas, la pugna de poder al interior de la DC. Ello, pues Andreotti y Francesco Cossiga rechazaron negociar con los captores, ya que implicaba una señal de debilidad ante los grupos anti-Estado. Hasta Yasser Arafat de la OLP se ofreció como intermediario e incluso gobiernos nórdicos le aseguraban asilo y protección al democristiano una vez que fuera liberado. Pero nada aplacó la negativa del partido y abandonaron la vía conciliadora, afirmando que debían someterse al derecho y liberarlo. Ni siquiera la carta de Pablo VI, el pontífice amigo de la elite DC, cuya desesperación lo llevó a proponer a los captores su persona en canje por la vida de su amigo, logró cambiar esa fatalidad.

Una vez que avizoró su condena, Moro optó por transparentar su crítica hacia los liderazgos del partido, anticipando la traición de sus antiguos camaradas y la destrucción de la DC. En su penúltima carta escribe sobre Andreotti: “No es mi intención volver sobre su gris carrera. Esto no es un fallo, pero se puede ser gris y honesto, se puede ser bueno y gris, pero lleno de fervor. Y bien. Es esto lo que precisamente le falta a Andreotti. Cierto, él ha podido navegar desenvueltamente entre Zaccagnini y Fanfani, imitando un De Gasperi inimitable que está a millones de años luz lejos de él. Pero le falta justamente eso, el fervor humano. Le falta ese conjunto de bondad, sabiduría, flexibilidad, y claridad que tienen, sin reservas, los pocos demócratas cristianos que hay en el mundo. Él no es de éstos. Durará un poco más o un poco menos, pero pasará sin dejar rastro”.

Por ello solicitó que sus funerales fueran privados y que no participara miembro alguno de la cúpula partidaria. Así fue. Le despidieron en dos ceremonias, una de Estado atiborrada con la socialitéitaliana, pero con un féretro sin cuerpo, y otra en privado con su familia y amistades, quienes nunca más se vincularon a la DC. Con los años su viuda daría a conocer detalles de las advertencias que ya habría formulado Kissinger en 1975 y 1976 a su marido, señalándole lo inconveniente, riesgoso y problemático para EE.UU. de su defensa de la opción progresista.

En Chile, el caso era seguido con atención. Aunque los hechores fueron condenados y luego absueltos, las incongruencias de sus testimonios así como la precariedad de sus medios, reflejaban que no eran los únicos autores. Las filtraciones de las indagatorias indican que la red operativa, incluía desde miembros de la P2, hasta agentes de las dictaduras militares de Videla y Pinochet, como Michael Twonley, y otros también pertenecientes a la CIA. Los mismos criminales que atentaron contra la vida de Bernardo Leighton y en Chile exterminaron a la dirección del Partido Comunista. Todo ello era el resultado de las acciones de la red Gladio y la famosa estrategia de la tensión, que tanto usaría como justificación en los 80 el mismo Andreotti para anular la crítica a su centrismo.

Estos ataques significaron un punto de inflexión en la dirigencia de la DC chilena, optando por asumir resueltamente la lucha contra la dictadura. Si bien en los primeros años de régimen militar parte de la cúpula del partido apoyó el golpe y la junta de gobierno, asumiendo la tesis de la “independencia crítica y activa”, esto ya resultaba inconcebible. Luego, el manifiesto “Una Patria para Todos”, lanzado en 1977, adquirió mayor fuerza tras la muerte Moro. Ahora de la defensa de la vía electoral contra la dictadura y la acción concertada con la izquierda, adquirían el consenso unánime. Después vendrían los tristes acontecimientos de relegaciones, atentados, desapariciones forzadas, y los homicidios selectivos, como el degollamiento del sindicalista Tucapel Jiménez o el envenenamiento del ex Presidente Eduardo Frei Montalva.

EL FIN DE LA ERA ANDREOTTIANA Y EL PROCESO MANOS LIMPIAS

Hacia 1992 comienza un periodo de sucesivos procesos judiciales en contra de renombrados políticos de la DC y del PS, relativos a redes de corrupción y negociaciones incompatibles de gran envergadura. Ese año, Andreotti, ya devenido sucesivamente ministro de los gobiernos del socialista Bettino Craxi, estuvo a punto llegar al Quirinale, pero su ascenso fue truncado. El proceso de Palermo y Peruggia en su contra y la operación “Manos Limpias” contra líderes socialistas, que lo involucraban en la red llamada “Tangentópoli” de Milán, la ciudad de los sobornos, provocaría no sólo la desintegración de su poder, sino la del partido y, con ello, parte esencial de las bases de todo el sistema partidario de la primera república.

Muchos especulan que en cada conspiración que agitó a Italia post 1978, la mano nera fue la de Andreotti. La sucesión de homicidios, muchos de ellos, extraños suicidios y atentados incendiarios, en los cuales terminó implicado, lo situaban como una pieza clave del iter críminis: mandante, facilitador, cómplice o encubridor. Entre estos, se encontraban las muertes de Mino Pecorelli y del General Della Chiesa, vinculados a los secretos del caso Moro; la del banquero Michele Sindona envenenado mientras estaba preso; los atentados contra el senador Salvo Lima y el juez Giovanni Falcone, reconocido prosecutor antimafiaA contar de 1992 compareció simultáneamente ante los tribunales de Roma, Palermo y Peruggia, siempre por “concurso exterior en delito de asociación mafiosa”. En unos y en otros casos los mafiosos de la Cosa Nostra Gaetano Badalamenti y Gino ‘Totó Rina’ se repiten como autores intelectuales o instigadores. El onorévole, era como muchos decían un “punchudo”, un aliado que habría pactado con ellos, revelándose su jerarquía en “el saludo de beso” que habría dado a Rina. Sin embargo, cuando eso se hizo público, en una astuta jugada moralista, Il divo consiguió ser recibido por Juan Pablo II: a él también lo reverenciaba y besaba.

Aunque de todos los procesos resultó absuelto, ya por haber prescrito la acción penal, ya por no tener méritos en la causa, según sentencias de la Corte Suprema dictadas entre el 2002 y 2004, llama la atención que tales fallos efectivamente reconocieran su responsabilidad en el delito asociativo como una concreta colaboración con la mafia y su protección “paralegal”.

Andreotti conoció entonces el rechazo social y el declive del poder que detentó por 45 años.

Con la caída de Andreotti y de Craxi se agota la primera República e Italia ingresa a una etapa histórica de desorientación, pérdida de la identidad política en su proyecto país y deslegitimidad de la estructura institucional vigente. La crisis alcanza tal nivel que tras sucesivos llamados a la refundación de los partidos y del Estado, que incluso venían desde el Vaticano, el parlamento se disuelve en 1994. El soporte que brindaban los tres grandes partidos: DC, PS y PC que habiendo o no cogobernado se desintegró y el mayor perjudicado resultó ser el partido de Il divo. Las propuestas de socialdemocracia, humanismo cristiano y justicia social fueron reemplazadas por las “caras nuevas” y la apolítica, dando paso a la segunda república.

LA SEGUNDA REPÚBLICA: VIDEOCRACIA Y NUEVA REALPOLITIK

Acaso una de las expresiones más frívolas de la política actual italiana sea la videocracia. En 1993, ante un debilitado consejo de ministros y con una ciudadanía abrumada por la corruptelas llega al gobierno el empresario Silvio Berlusconi, “Il cavaliere”. Un millonario Forbes, amigo de la corriente andreottiana y antiguo aspirante a la P2, que aprovecha el vacío de poder, y se instala en el Palacio Chigui. Quizás lo que más le importe sea la consolidación de su imperio financiero, que desde Invesmedia controla la prensa escrita, la televisión, el cine, la banca y las inmobiliarias.

Berlusconi es la figura política más importante de este periodo y su aporte revolucionario es el régimen de la videocracia. La banalidad, la desideologización, la sobreexposición de su vida privada, sus conflictos de interés y la, para aquellos años, novísima derecha popular, se entremezclan en sus partidos Fuerza Italia y el Pueblo de la Libertad. El marketing lo erigió en el símbolo de la meritocracia de derechas y su nueva realpolitik: el abogado trabajólico que acompañado de velinas (bailarinas de TV) resulta electo, una y otra vez, como el parlamentario “del amor”. Ya sea vistiendo de obrero de la construcción, de campesino o de él mismo, es simplemente un rockstar. Cuatro veces jefe de gobierno, su autoridad le ha valido una triste fama mundial como el responsable de la deficitaria balanza de pagos que mantiene a Italia presa de las imposiciones de la troika en la eurozona. Sus infalibles conexiones le permiten, a pesar de haber sido destituido del gobierno en el año 2011, ser elegido senador este 2013.

Tras el fin anticipado del gobierno de Il cavaliere, asumió el tecnócrata Mario Monti, cuyas medidas de restricción al gasto social desencadenaron un choque entre la ciudadanía movilizada y la lógica operativa de los partidos. Así, al tiempo que las reivindicaciones de la justicia social eran las mismas que hace 60 años, las últimas elecciones parlamentarias de Italia, atomizaron aún más las ya reducidas fuerzas partidarias surgidas tras “Tangentópoli”. Varios analistas se preguntan si este es tiempo de dar inicio a una tercera república, a un nuevo pacto social que permita restablecer los equilibrios democráticos, la responsabilidad de las autoridades y la confianza del electorado. Ello, pues la irrupción del movimiento 5 Estrellas de Beppe Grillo, que es contrario a todos los políticos, y la exitosa reelección de Berlusconi, ponen de manifiesto que la inercia política continúa. En tanto Monti apoyado por Pier Ferdinando Casini y los herederos de la DC, no fueron exitosos, y tras abandonar el ya por años demodé discurso de “el centro del centro”, optaron por una popularísima centroizquierda, pero repleta de neoliberales. La contrapartida la ofrece la derecha popular que se apropia del discurso de la justicia social y la reforma propugnados por las anteriores fuerzas democristiana, socialista y comunista. Pareciera que todo es eslógan y que nada puede ser asegurado desde el Estado.

Lo mismo ocurre en Chile. Ahora que por años estuvo desdeñada la acción política, hoy ad portasde una elección presidencial, la derecha popular, émula de Berlusconi, tiene a su candidato Pablo Longueira proclamando con total desparpajo su apuesta “Por una patria más justa para todos”. Una verdadera impostura ideológica, cuando ha sido su estrategia neoliberal de desarrollo la que ha contribuido a concentrar la riqueza en unas pocas familias y a mercantilizar derechos como el de educación y salud, ungiendo a la precariedad laboral y el abuso de autoridad, ya en los mercados, ya en el aparato público, en la base de su poder. Tanto reclamó ante la carencia de un relato político en la derecha, que ahora se apropia de la ideología que trataba de old fashion y la desprovee de su esencia. Es sólo el envase, la carcasa.

Ciertamente, desde Italia, Andreotti y Moro marcaron a fuego a los partidos de inspiración cristiana, entregando las claves del ejercicio del poder. Mientras Moro es la figura heroica para las masas y un líder desdeñado por sus contendores debido a su ética política, la realpolitik de Andreotti es el paradigma del culto al poder, la “vicenda del eterno ganador”, una gloria que empieza y termina en él. Andreotti no dejó herederos, sólo imitadores. Su premisa de “el poder sólo desgasta a quien no lo tiene”, es capaz de deshumanizar cualquier intento por conciliar con su conducción del partido. Ahora el joven Enrico Letta, vicepresidente del Partido Democrático, fundado en el 2007 con bases democristianas, socialistas y comunistas, tras días de negociaciones, fue elegido Primer Ministro. En sus primeras declaraciones ha prometido la restauración de la república, y un nuevo pacto fundacional que erradique los feudos de la videocracia, acudiendo a la compañía de Il caro Aldo Moro y del onorévole Andreotti como consejero. Tras algunos días sin Andreotti y 35 años sin Moro, la crisis ante el vacío de poder y el averno nuevamente está en manos de un democristiano, uno que ahora no teme al compromesso storico.

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Andreotti, el amo de las sombras

Uno de los mayores estudiosos de la Mafia repasa las conexiones del que fue siete veces primer ministro italiano con la Cosa Nostra

 12 MAY 2013 – El País.com (España)
Giulio Andreotti, siete veces primer ministro de Italia. / FRANCO ORIGLIA (GETTY)

El 6 de enero de 1980, Piersanti Mattarella, el líder democristiano del Gobierno regional de Sicilia —en otras palabras, el político más importante de la isla—, murió ejecutado cuando entraba en su coche para ir a misa con su mujer y su hijo. Mattarella había emprendido una campaña para limpiar la concesión de contratos por parte del Gobierno. Su esposa vio cómo se acercaba el asesino al coche y le dio tiempo a suplicarle que no disparase.

Gracias a un veredicto emitido por el Tribunal Supremo en 2004, ahora sabemos que el asesinato de Mattarella constituyó un punto de inflexión en la biografía del político italiano más poderoso, más controvertido y más inescrutable de la era de la guerra fría. Hasta ese día de 1980, Giulio Andreotti era un amigo servicial de la Mafia siciliana que se aliaba con los políticos preferidos de los mafiosi, intercambiaba favores con ellos y hacía todo lo posible por los intereses de la asociación criminal; por ejemplo, protegiendo a los banqueros corruptos que blanqueaban los beneficios del narcotráfico.

Los detalles de la relación de Andreotti con el asesinato de Mattarella son escalofriantes (conviene recordar que ambos eran miembros del mismo partido político). Gracias a sus contactos con Stefano Bontate, entonces jefe supremo de la Cosa Nostra, Andreotti sabía de antemano que iban a asesinar a Mattarella. Pero no hizo nada. Mejor dicho, nada aparte de pedir a Bontate y sus hombres que emplearan un método más moderado. Tampoco después de la muerte de Mattarella hizo nada Andreotti. Mejor dicho, nada aparte de reunirse con Bontate y otros mafiosi destacados en una finca agraria próxima a Catania para presentarles en persona su protesta. La respuesta de Bontate fue brusca: “Nosotros mandamos en Sicilia. Y si no quiere que eliminemos a toda la DC, más le vale hacer lo que le digamos”.

A partir de ese momento, Andreotti empezó a distanciarse de la Mafia y acabó por convertirse en su enemigo, hasta el punto de que la Cosa Nostra planeó matarle.

En 1968, el político se alió con el ala del partido Democracia Cristiana en Sicilia, la más infiltrada por el crimen organizado

Tanto el asesinato de Mattarella como la larga colaboración de Giulio Andreotti con esa hermandad de criminales denominada Mafia siciliana son dos cosas que debemos situar en su contexto histórico.

Por desgracia, la colaboración de Andreotti no tiene nada de sorprendente. Comenzó en 1968, cuando se alió con la facción del partido Democracia Cristiana en la isla más poderosa y más infiltrada por el crimen organizado. Era un grupo encabezado por Salvo Lima, de quien ahora se sabe que era hijo de un asesino mafioso de los años treinta. La nueva base de poder de Andreotti en Sicilia le elevó a las más altas instancias nacionales: en 1972 inició el primero de sus siete mandatos como primer ministro. Antes de Andreotti, ya habían hecho lo mismo otras generaciones de políticos nacionales. Reclutaban a miembros de la clase dirigente siciliana para sus coaliciones y alianzas sin preocuparse mucho por el “olor a Mafia” que les rodeaba. A eso se refería un juez cuando declaró —un siglo antes de que Andreotti sellara su pacto con el diablo— que la Mafia era “un sistema de gobierno local”.

El asesinato de Mattarella confirmó la terrible escalada iniciada en 1979. Tradicionalmente, la Mafia siciliana se había mostrado muy reacia a matar a personajes públicos. Prefería infiltrarse en las estructuras del Estado, no atacarlo. En los años ochenta, enriquecida por la droga y furiosa por la mínima resistencia del Estado, la organización empezó a matar de forma sistemática a cualquier periodista, magistrado, policía o político que se le enfrentaba. Con la adopción de esas tácticas terroristas, la Cosa Nostra terminaría por perder a la mayoría de sus valiosos protectores políticos y por quedarse al descubierto ante los ataques de una magistratura revivida.

El caso de Andreotti es el mejor ejemplo de esas consecuencias políticas del giro terrorista que dio la Mafia en los años ochenta. En 1989, Andreotti tomó posesión como primer ministro por séptima y última vez. Bajo su mandato, el mayor enemigo de la Cosa Nostra, el heroico juez Giovanni Falcone, llegó al Ministerio de Justicia, en el que creó los organismos de investigación que todavía hoy dirigen la lucha contra el crimen organizado en Italia. En 1992, la Cosa Nostra reaccionó ante esa amenaza sin precedentes, la más grave que había encontrado en su larga historia. Su primer objetivo tenía muchas connotaciones políticas: Salvo Lima, el lugarteniente de Andreotti en Sicilia, murió tiroteado en Palermo en el mes de marzo. La Cosa Nostra se estaba vengando de viejos amigos a los que consideraba traidores. Andreotti y su familia no cayeron víctimas de esa vendetta asesina solo porque estaban muy bien protegidos.

Todavía hoy en Italia hay mucha gente que cree que Andreotti es Belcebú, el genio malvado responsable de todo lo misterioso y siniestro que ha ocurrido en el país. En torno a su figura se tejen numerosas historias falsas, dignas de Dan Brown, todas basadas en suficientes datos como para ser verosímiles. La verdad sobre Andreotti nunca se sabrá por completo. Se ha llevado a la tumba misterios infinitos. Pero la verdad más asombrosa es la más vulgar: Andreotti no era ningún genio del mal. No movía los hilos del hampa. Era un político. Un mediador de increíble talento, cuya profunda fe religiosa, paradójicamente, le permitía ver todo en este mundo caído con una ecuanimidad total y una absoluta falta de escrúpulos. Fue el más puro ejemplo de la relación entre la política y la Mafia en la historia de Italia. La Mafia no solo no ha sido anatema para las instituciones del Estado, sino, en demasiadas ocasiones, un grupo de presión más con el que había que contar.

Andreotti no fue condenado por sus tratos con la Cosa Nostra. Italia tiene plazos de prescripción de los delitos. Y su ruptura en 1980 hizo que tuviera efecto esa prescripción. Los tribunales le consideraron culpable, pero no pudieron castigarle. La opinión pública italiana, aburrida por la larguísima saga legal, decidió que el viejo zorro había conseguido volver a salir bien librado y admiró a regañadientes su astucia. Los más cínicos proclamaron su inocencia y dijeron que había sido víctima de una conspiración judicial.

En 2005, al año siguiente del veredicto del Tribunal Supremo sobre sus relaciones con la Mafia, Andreotti ya tenía una imagen lo bastante “limpia” como para aparecer en un anuncio televisivo de la red 3-Mobile al lado de una voluptuosa joven. “Lo sabe todo”, afirmaba ella con un mohín al final. “Eso dicen”, respondía Andreotti, mientras levantaba un periódico para taparse el rostro, como con vergüenza o timidez. Andreotti no lo sabía todo. Pero podemos estar seguros de que lo que sí sabía y no contó es razón más que suficiente para que cualquier país civilizado se niegue a llorar su fallecimiento.

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El pacto con Silvio Berlusconi socava al centroizquierda italiano

La alianza del Partido Democrático con su principal rival deja cautivo al Gobierno de Letta

Il Cavaliere marca el paso al Gobierno para defender sus intereses

 Roma 26 MAY 2013 – El País.com (España)
El ex primer ministro italiano Silvio Berlusconi, en un mitin de apoyo a su candidato a la alcaldía de Roma / ALESSANDRO BIANCHI (REUTERS)

Durante los últimos años, el principal y prácticamente único sueño de la izquierda italiana era acabar con Silvio Berlusconi y, sobre todo, con su forma fullera de gobernar Italia, aquello que se vino en llamar berlusconismo. Hace justo un mes, la decisión del Partido Democrático (PD) de aceptar un acuerdo de Gobierno con el dueño del Pueblo de la Libertad (PDL) suponía de facto el abandono de aquella legítima aspiración, pero las circunstancias en que se produjo el pacto —tras dos meses de absoluto bloqueo político e institucional solventado a la desesperada con la reelección de Giorgio Napolitano como presidente de la República— puso sordina a la gravedad de la decisión.

Ahora ya se tienen datos para asegurar que el abrazo de Berlusconi al PD está siendo más dañino de lo que presagiaban los más pesimistas. El problema ya no es solo que el gobierno del progresista Enrico Letta viva cautivo de los intereses particulares de Berlusconi, sino que el centroizquierda se ha convertido en el enfermero de lujo de la salud política y hasta de la libertad de su, hasta ahora, principal enemigo político.

 

El problema ya no es solo que el gobierno del socialdemócrata Enrico Letta viva cautivo de los intereses particulares de Silvio Berlusconi, sino que el centroizquierda italiano se ha convertido en el enfermero de lujo de la salud política y hasta de la libertad de su, hasta ahora, principal enemigo político

 

Hace unas cuantas noches se produjo en el programa de la RAI Porta a Porta que conduce Bruno Vespa, un veterano periodista muy amigo de Berlusconi, un triste espectáculo muy significativo. Se debatía sobre la ilegibilidad o no de Berlusconi. Existe en Italia una ley de 1957 que impide de forma muy clara participar en política a quienes posean concesiones de servicios públicos. Berlusconi lleva 19 años en política, se ha presentado a seis elecciones generales y ha sido tres veces primer ministro —el primer ministro más procesado de Europa— mientras explotaba, económica y políticamente, sus canales de televisión concedidos por el Estado. Durante todo este tiempo, ya estuviese en el Gobierno o en la oposición, el PD ha hecho la vista gorda ante una situación a todas luces irregular. El porqué es un misterio. Uno más de los infinitos misterios italianos. Pero ahora, justo ahora que el PD y el PDL comparten el Gobierno, el Movimiento 5 Estrellas (M5S) del populista Beppe Grillo quiere aprovechar su presencia en el Parlamento para que los partidos se pronuncien sobre si el político y magnate puede ser a la vez senador y dueño de un imperio mediático. El caso es que, durante una entrevista en Avvenire, el diario de los obispos italianos, Luigi Zanda, el jefe del grupo del PD en el Senado, se mostró partidario de la ilegibilidad de Berlusconi.

En el plató de Bruno Vespa estaban esa noche, sentados uno junto al otro, el senador Luigi Zanda y Renato Brunetta, ministro de Administración Pública e Innovación, jefe de los diputados del PDL y, sobre todo, íntimo colaborador de Berlusconi. Qué bronca le echó Bruneta al progresista Zanda en pleno programa de televisión por pedir la ilegibilidad de su jefe… Pero, sobre todo, qué manera de plegar velas del diputado del PD, que hasta colorado se puso, justificando su declaración como “una opinión exclusivamente personal”. “¿Cómo puede permitirse el jefe de los diputados del PD?”, se crecía Brunetta al ver que su rival y sin embargo socio se achantaba, “¿expresar una opinión personal contra Berlusconi que puede poner en peligro el Gobierno?”. En aquellos minutos de televisión, sin duda tristísimos para muchos votantes del PD, volvieron a quedar meridianamente claras dos cuestiones. La primera es que para mantener a Letta al frente del Gobierno, el centroizquierda tendrá que tragar con cuantas ruedas de molino decida el PDL. La segunda es que el PDL —como ya hizo en noviembre de 2011 con el Gobierno de Mario Monti— mantendrá su apoyo a Letta hasta el momento justo que le interese a Berlusconi.

 

El abrazo del ex primer ministro italiano al PD está siendo más dañino de lo que presagiaban los más pesimistas

 

Hay todavía una tercera cuestión. ¿Hasta cuándo le interesará a Berlusconi? La respuesta puede estar más clara y más próxima de lo que parece. En parte oculta por las repercusiones mediáticas del caso Ruby —la fiscal de Milán Ilda Boccassini pidió hace unos días seis años de prisión y la inhabilitación perpetua de Berlusconi por abuso de poder e inducción a la prostitución de menores—, esta semana se ha publicado el texto de la condena en segunda instancia al exjefe de Gobierno por el caso Mediaset. Lo más importante políticamente no son ya los cuatro años de cárcel —que se quedarían reducidos a uno— ni los cinco años de inhabilitación. Lo más importante es que, a lo largo de los 190 folios que justifican la condena, se dice, por ejemplo: “Hay que considerar la particular capacidad para delinquir demostrada en el diseño de un complejo mecanismo fraudulento ramificado en infinitos paraísos fiscales. Ha supuesto para el imputado una inmensa disponibilidad económica en el extranjero dañina para el Estado y también para Mediaset”. Los jueces también llaman la atención sobre un hecho principal: Berlusconi delinquía de una forma “científica y sistemática” mientras desempeñaba el cargo de primer ministro de Italia. Como era de esperar, el PD no se ha pronunciado sobre unos hechos de extrema gravedad.

Tampoco lo hizo sobre la petición de la fiscal en el caso Ruby ni ha puesto el grito en el cielo cuando, lejos de cumplir con la promesa hecha al presidente Napolitano, los diputados y senadores de Berlusconi se muestran más preocupados por modificar la legislación para recortar las penas a quienes colaboren con la Mafia —ya hay algún que otro amigo íntimo de Berlusconi condenado por el asunto— que en reformar la actual ley electoral, principal culpable de la ingobernabilidad del país, o sacar adelante proyectos para atenuar la grave situación económica que padece Italia… La cuestión es que en las manos del PD ya no está solo la ilegibilidad de Berlusconi sino también el futuro del centroizquierda. El día que el político y magnate decida retirar el apoyo al Gobierno e ir a unas nuevas elecciones, ¿con qué discurso se presentará el PD ante unos electores a los que, hace solo unos meses, prometió jubilar para siempre a Il Cavaliere y a su manera fullera de hacer política?

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